Vasuki

En el pozo de Shesna, en Benarés, vivía un naga muy poderoso que se dedicaba a contar historias a los viajeros y que decía haber protegido al Sakiamuni de una tormenta. Una vez, le confesó a un asceta hindú que le había robado el elixir de la inmortalidad a un rey. Pócima de la que se apropió, entonces, para poder salvar a sus hermanos de la muerte, y que conservaba, aún, en su poder —después de varios siglos—, almacenada dentro de en un frasco engarzado en piedras preciosas y que colgaba todo el tiempo de su cuello. El naga les narraba historias interesantes y pintorescas a quienes pasaban por allí —en las cuales él, siempre, era el protagonista—. Cuando terminaba de contarlas, tomaba por sorpresa a sus oyentes y... se los comía.

No todas las veces se presentaba en forma de serpiente; según le parecía, se caracterizaba, también, como hombre sabio, rey o guerrero: le gustaba actuar sus personajes. Podía pasar semanas o meses enteros sin comer, aguardando, pacientemente, a sus víctimas. Y, como ninguna había podido escapar de él, se sentía muy seguro y orgulloso de sí mismo. Sin embargo, como a la gente que tomaba aquel camino nunca se la volvía a ver, existían leyendas sobre un demonio que cuidaba la entrada al inframundo y que mataba a los viajeros que transitaban por allí. Con el pasar de los años, la gente dejó de utilizar aquella ruta, y el naga se vio en problemas para conseguir carne fresca.

Habían pasado más de treinta años desde la última vez que alguien cruzara por aquellos dominios, hasta que, un día, otro asceta hindú se encontró cara a cara con la serpiente. «Esta es mi oportunidad», pensó la criatura, e insistió en narrarle una historia al visitante. Al finalizar su relato, el hombre le dijo que él también tenía una historia para contarle. La serpiente sintió curiosidad y lo dejó hablar. El hombre no hizo otra cosa que transmitirle lo que se decía de ella, del naga —nada verídico, por supuesto—, rematando la narración con un cuento donde un rey disfrazado le robaba el elixir de la vida, luego de degollarla con una espada mágica —indetectable a los ojos de la serpiente—, liberando, así, a su pueblo de aquel espíritu maligno.

El naga río ante la ocurrencia. El rey aprovechó para cortarle la cabeza y despojarle del frasco que colgaba de su cuello.

© Federico G. Rudolph, 2016.
Este relato forma parte de la obra: De Ángeles, desde la Edición 2016.


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