Problema de comunicación

—Mxqln, ¿cómo es posible que los nativos se enojaran de esa forma? —preguntó el oficial de la cuadrilla estelar en misión de reconocimiento a su interlocutor.

—No sé qué ha pasado. Creo que tuvimos un problema de comunicación —le respondió, muy convencido Qrxprss (sus nombres eran impronunciables en nuestra lengua).

Mxqln —que sonaría algo así como Mexcalin, pero mucho más gutural o, incluso, nasal— era el encargado de ubicar mundos donde las condiciones de vida existentes se hubieran modificado desde la última vez que pasara por ellos la cuadrilla de exploradores-recolectores. No se trataba de una raza de científicos ni tampoco de militares. Simplemente, eran un grupo de comerciantes dispuestos a llevar sus preciados, exquisitos y únicos productos a donde ellos consideraban que serían bien recibidos. Para decirlo de alguna manera, se encargaban de reponer el stock faltante en los planetas que visitaban.

Hacía algunas semanas, habían ubicado un mundo en el exterior de la galaxia QRTCVLRRT, código que le correspondía según el Catálogo Interespacial, fichado bajo el impronunciable número ..___....

El faro que orbitaba el planeta desde hacía aproximadamente unos 65 millones de años atrás —en términos nuestros; porque para ellos, acostumbrados a viajar a velocidades cercanas a la luz, había pasado mucho menos que eso—, y que dejaran allí a propósito desde hacía por lo menos el doble de ese tiempo, les envió un mensaje codificado indicando que existía un faltante de la mercadería que su carguero transportaba justo en ese momento.

Puesto que se hallaban a menos de un parsec de distancia del planeta en cuestión —lo que, para ellos, constituía una nimiedad—, decidieron darse una vuelta por allí, enviar una misión de exploración, comprobar si existían seres inteligentes en el planeta, descender con el embajador de turno y entablar comercio con los habitantes actuales.

El secreto de su éxito consistía en localizar nuevos mundos y capturar todo tipo de seres vivos —plantas, animales, organismos unicelulares y cosas así—, para luego transportarlos y conservarlos intactos en sus naves-bodega de forma de venderlos cuando el producto escaseara en el planeta de origen. Su tecnología de conservación, basada en la criogenia y en la alteración del ADN mitocondrial, permitía sostener cualquier tipo de organismo por tiempo indefinido.

Si pudiéramos compararlos con algo, en conjunto, aquella civilización, la carga que llevaban y su flota eran lo más parecido que pudiera existir a un Arca de Noé.

¿A qué se debía la charla en que se habían enfrascado nuestros dos queridos amigos al principio del relato? Pues, a que había fallado por completo la venta que pensaban realizar y a que necesitaban tratar de comprender qué la había impedido.

Por primera vez en cientos de miles de millones de años, desde que su raza había decidido dedicarse al comercio exterior, tuvieron que salir huyendo con todo su bagaje a cuestas antes de cerrar trato alguno, perseguidos por los naturales de aquel perdido planeta, quienes se alzaron indignados contra nuestros visitantes. En apariencia, fue debido a la propuesta que Qrxprss les acababa de lanzar.

El problema surgió cuando Qrxprss, embajador-comerciante designado de la flota, trató de mostrar a sus anfitriones «la mercadería» que llevaban a bordo del carguero estelar, a modo de adelanto. Cosa muy habitual en toda negociación en potencia.

Luego de aterrizar su nave en medio de una acaudalada metrópoli, y al ver que aquellas personas lo recibieran entre vítores, aplausos y con toda la pompa, consideró sin duda alguna que lo que se le presentaba era una verdadera oportunidad de venta —una muy, muy importante— o, al menos, eso creyó.

Por lo que pudo entender Qrxprss, la especie anterior, dueña del planeta, con la que solían comerciar los xtrlns —este último, el nombre de la raza de estos viajeros, y que no sabría explicarles como se pronunciaba exactamente— habría dejado de existir hacía milenios o bien pudieron ser conquistados por estos nuevos individuos que ahora dominaban en la superficie —su dispositivo de traducción no supo decirle cuál de estas opciones era la correcta.

Como sea. Lo cierto es que, en vistas de las circunstancias, Qrxprss consideró necesario entablar de inmediato una relación comercial con ellos.

Todo empezó bien. Al principio, lo recibieron con los brazos abiertos. Nuestro visitante hasta llegó a cenar con la comitiva que le acompañaba a todas partes desde su llegada; unas cien personas más o menos.

Incluso, en medio de una comilona, un distinguido personaje que, Qrxprss interpretó, fue quien gobernaba la ciudad, le entregó algunos presentes y lo invitó, después de un buen rato de estar allí, a que el viajero se diera a conocer y que explicara el honor de tan considerada visita. Circunstancia que el recién llegado aprovechó como pie para ofrecer sus productos.

Ni bien Qrxprss le pidió a su propia gente que le trajeran uno de los «artículos» de muestra, todos los allí presentes, incluido el gobernador de la ciudad, se pusieron a discutir con él y a decirle todo tipo de cosas irrepetibles —debo decir— y faltas de total educación y respeto. Un rosario de epítetos y gesticulaciones amenazadoras y de protesta fueron lanzadas como las balas de una ametralladora sobre el atónito visitante.

Qrxprss no entendía nada, así que no tuvo mejor idea que mostrarle a aquel enardecido público otro de sus selectos y valiosos objetos para la venta, tratando de aplacar a la muchedumbre que ya se empezaba a agolpar a su alrededor con las peores intenciones. El resultado fue desastroso. Tuvo que salir huyendo de allí perseguido por una flota aérea que estuvo a punto de derribar su nave, lo cual no ocurrió —por suerte para él.

La infructuosa venta y el tener que huir precipitadamente del lugar obedecieron a un problema de comunicación.

Lo que había pasado no era para nada difícil de explicar a pesar de los xtrlns nunca lo supieron. El planeta que acaban de visitar se trataba de la Tierra; los habitantes del planeta, no eran otros que los humanos; y, la mercadería que Qrxprss trató de ofrecerles a ellos, no era sino un Tiranosaurio Rex —supuestamente, extinto—, muy vivito y coleando, que aterró al público presente e incluso devoró a un integrante del comité que, ante el asombro, no tuvo mejor idea que acercarse para ver mejor de cerca a tan terrible bestia antediluviana. Lo segundo y más escandaloso que Qrxprss pretendía venderle a los terráqueos fue una cepa de un virus mutante, desaparecido hacía millones de años atrás, que los humanos habían descubierto hacía muy poco tiempo y que fue el causante de la extinción de muchísimas especies en épocas pasadas.

¿Comercio interestelar? ¡Vamos! Ustedes me dirán, ante semejantes amenazas potenciales, ¿quién no se saldría por completo fuera de sí?

© Federico G. Rudolph, 2012 - 2016.
Este relato forma parte de la obra: Cuentos poco conocidos Vol. I.


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