Para algunas cosas hay que tener estómago

El sabor de la tortura le sabía tan dulce como una mermelada de ciruela —agria en realidad, aunque él no se diera cuenta—; los coágulos de sangre que luchaban desesperadamente por tapar la herida, producto del último de los puñetazos recibidos en sus labios, le recordaban su textura; su sonrisa, ya sin dientes, expresaba una ironía incomprensible para sus captores; las llagas del látigo en sus espaldas le impedían que pudiera pararse erguido, quitándole altura y orgullo a su figura; una docena de mechones en el suelo coincidían cual rompecabezas con los espacios vacíos en su cuero cabelludo; los estertores en su garganta simulaban ser su risa.

No quedaba un espacio de piel en todo su cuerpo por golpear, electrizar, cortar, desgarrar o en donde aplicar un poco de dolor. Era evidente que el reo no confesaría. El verdugo reemplazó al torturador y, ante la burlona mirada de su víctima, le propinó un primer y último golpe en la barriga; le dolió la mano y no supo por qué —había dado contra algo duro, alojado en el interior del abdomen de aquel rebelde tan osado y atrevido, que no se dejaba dominar por el corrupto y cuasi mafioso poder de turno—. Las carcajadas de ese último y verdadero líder del pueblo —próximo a morir— por fin pudieron ser oídas, así como el estallido de la bomba que llevaba en sus entrañas. La resistencia había dado un golpe fulminante al corazón de los dictadores que gobernaban el país con una simple explosión que voló una manzana por completo. Fuego y humo escapaban de aquel hueco, que surgía del metal y el acero retorcidos, idéntico a la boca del infierno.

Junto a la celda de tortura de José «Escritor», premio Nobel de Literatura, se alojaba el mayor en jefe de las fuerzas armadas, presidente de la Nación. Uno murió tan necio e ignorante como había llegado al sillón de Rivadavia tres elecciones atrás, tras lo cual se apropió de derechos que no le correspondían y mandó cambiar la Constitución, terminando por trastocar descarada y dantescamente la democracia hasta convertirla en una especie de Gobierno Feudal disfrazado de República; el otro, como mártir, solo por amor a su pueblo.

El intelecto, la educación y los sanos valores pudieron más que la tiranía, el terror y la opresión en aquella fatídica y gloriosa fecha patria. Una placa de bronce colocada bajo su estatua lo recuerda: «Nos diste el ejemplo más duro: lo que se aprieta mucho, puede explotarte en la cara algún día».

© Federico G. Rudolph, 2012 - 2016.
Este relato forma parte de la obra: Cuentos poco conocidos Vol. I.