Miguel

Se topó con él saliendo de su nueva oficina. El hombre se presentó a sí mismo como el enviado del jefe —aunque a él le había sonado, más bien, algo así como: «El Jefe», con mayúsculas— y, si bien le molestó la poca diplomacia con la cual había sido abordado, acordó concertar una entrevista para el próximo sábado, argumentando que no había otro lugar en su agenda. Era su primer día como Presidente del Consejo Interamericano de Desarrollo y, acomodarse a su nuevo cargo, le llevaría no menos de un par de semanas a tiempo completo. No tenía tiempo para esas cosas.

El extraño le había cortado el paso. A él lo aguardaban abajo y no podía retrasarse. Su promesa no era cierta, tenía pensado tomarse un breve descanso ese fin de semana por lo que vería de postergar la cita para más adelante bajo alguna excusa. Su asistente se encargaría de ello, pero el hombre no se movía de allí.

—Es Importante. Y urgente —agregó a su presentación el hombre vestido de blanco parado frente a él— necesito hablar ahora mismo con usted.

Al presidente le intrigó el aspecto de aquel individuo, su sombrero, también blanco, lo cual era toda una novedad, porque ya nadie usaba accesorios como ese.

—Sí, sí. Ya lo creo que sí —le contestó, como para satisfacerlo—. Lo que sucede es que no tengo tiempo. Acabo de efectuar seis entrevistas y me esperan otras cuatro, al igual que dos reuniones importantes con el resto del Consejo Directivo y por supuesto, como estará enterado, dirigiré la Cumbre esta tarde. Lo siento, pero me es imposible atenderlo ahora. Apenas si he tenido tiempo de tomarme un café.

—Lo acompaño, mientras toma el próximo. Cinco minutos de su tiempo —cerró el visitante.

Era la primera vez que le pasaba. Veintiséis años como administrador de recursos humanos y otros catorce como representante de ventas de una de las empresas petroleras, con raíces en el extranjero, más importantes de Venezuela, cinco como diplomático y no era capaz de manejar aquella conversación. «Debe ser por el estrés», se dijo a sí mismo.

Finalmente, accedió y subieron a la confitería del décimo piso. Después de todo, le gustaba el café.

—Qué sea rápido —le espetó el presidente, mientras pedía dos cafés con azúcar, sin crema. Necesitaba el azúcar.

—Como le dije, es Importante. Y urgente —repitió el extraño, como si aún no lo hubiera mencionado.

—De acuerdo, ¿de qué se trata? Y, a propósito, no me dijo su nombre —el presidente quedó como haciendo una mueca, esperando una respuesta que no se podía eludir.

—Ángel, me dicen. En realidad, mi nombre es Miguel —aunque a él le sonó más bien como Michael o Mikel.

«¿Será que es extranjero?», pensó el presidente. Sonrió para sí y recordó que alguien le había mencionado que más del noventa por ciento de la gente, que se trasladaba de oficina en oficina en aquel edificio, no era del país. Se trataba de una organización internacional, así que, no era de extrañarse que aquel hombre no fuera de por allí.

—He venido a traerle un mensaje. Como le dije antes, del Jefe.

—Ajá, continúe. Hasta ahora no me ha dicho nada nuevo. Miguel dice que se llama, ¿No?

Y entonces, el presidente empezó a jugar para sí con las palabras: «Ángel, Miguel, Ángel Miguel, Miguel Ángel... ¿Será cierto lo del nombre?», se preguntaba.

—Lleve a cabo sus citas —le dijo el hombre, sin permitirle terminar con sus reflexiones—, pero postergue la conferencia de hoy. Esa disertación no debe hacerse. No es una amenaza ni un chantaje, no se trata de eso. Tampoco estoy loco. Ese es el mensaje. Lo siento, pero debo abandonarlo, mi presencia aquí ya no es necesaria, le he dado el recado y mí tiempo ha concluido. Sólo he venido a prevenirlo: usted no debe participar de la Cumbre, nadie debe. Las consecuencias serían terribles. Bien, lo dejo, tengo que reunirme con el Jefe...

Sin esperar respuesta, el hombre se levantó de la barra y se dirigió hacia el ascensor, el que, justo, abría sus puertas en ese momento.

Aquella escena se esfumó con rapidez, tal como lo había hecho aquel hombre de blanco —Ángel o Miguel o quien fuese—. «¿Y quién será el Jefe? Todo esto es muy extraño», pensó el presidente.

—Son cuatro con cincuenta —pronunció el barman señalando la barra ante la mirada de extrañeza del cliente que se levantaba y se iba sin pagar.

—Perdón, ¿cómo dijo?

—Cuatro con cincuenta. Eso, es lo que sale el café.

—Los cafés, dirá Usted.

—Disculpe, pero sólo me pidió uno. Es el precio de siempre. ¿Se siente bien?

Ante la insistencia del hombre de la caja y, por su propio apuro, pagó y se alejó de allí. La taza aún humeaba, estaba llena y, efectivamente, solo había una.

Sin pensarlo dos veces, tomó el elevador y bajó hasta el cuarto piso. Mientras cruzaba la puerta, le hablo a su secretaria y miró su reloj. Se sorprendió de haber llegado a tiempo.

—Aún no se han presentado —le dijo la empleada—. ¡Ah! Pero me dicen de Seguridad que están subiendo —aclaró ella después de levantar el tubo del teléfono y escuchar la voz del otro lado que anunciaba la llegada del gerente general de radiodifusión para América Latina junto con sus asesores.

—Está bien, Clara, apenas suban, hágalos pasar. No los demore, hoy ya es un día muy largo, cuanto antes terminemos mejor.

—A sus órdenes, Señor Iván.

La conversación con los recién llegados pasó sin mayores, así como el resto de las entrevistas que estaban programadas para ese día. Sin embargo, el incidente con el caballero de blanco lo había dejado como ausente. Escuchaba y contestaba a sus interlocutores sin prestarles atención alguna. En algún momento, atinó a compararse a sí mismo con uno de esos programas de computadora que parecen tener respuesta para todo, pero que en realidad solo responden a estímulos programados con anterioridad. A pesar de ello, nadie se dio cuenta.

A medida que llegaba la hora señalada, su preocupación fue en aumento. De todos los seminarios, charlas, disertaciones y conferencias de los cuales había participado como orador en representación del Consejo Interamericano de Desarrollo (CID), el próximo era y sería, sin lugar a dudas, el evento más importante de todos.

Mientras atendía a la gente, a él lo único que le preocupaba era saber —cada vez con mayor necesidad— por qué un hombre vestido de blanco quería evitar que se efectuara la Cumbre Mundial por el Desarme y la Paz, a celebrarse ese día en ese edificio y en unas pocas horas más.

El temor comenzó a latir en su pecho y pensó en lo peor: un atentado contra su vida o contra la de los principales representantes del las Organizaciones Mundiales (integrada por la vieja ONU, la Comunidad Económica Europea, el MERCOSUR, la Organización de las Naciones Árabes Unidas, la Unión de Países Asiáticos, África Unida, China Independiente, la Unión India-Paquistaní y el propio Consejo Interamericano de Desarrollo y varias religiones).

El director general de Greenpeace y sus allegados —reunidos con él—pausaron el discurso que traían preparado y se quedaron mirando entre ellos al observar que Iván Pérez, el presidente del consejo, ya no los estaba escuchando. Les tomó un momento sugerirle que, quizá, sería conveniente postergar la charla para más adelante. El presidente asintió y agradeció el gesto con la mirada, despidiéndose humildemente de ellos. Se dio media vuelta y dirigió su vista hacia el ventanal que daba a la avenida Bogotá, desde donde se podía ver el mar que rodeaba a la ciudad, perdiéndose en el horizonte, los cientos de barcos anclados en la bahía y las incontable estelas que pintaban el cielo y que dejaban de los aviones que a diario arribaban y despegaban del Aeropuerto Internacional.

Cuando quedó solo, volvió a su memoria un sueño que había tenido la noche anterior, donde una gran nube de humo negro con forma de hongo se elevaba por entre las nubes blancas con un resplandor rojizo, gritos, llantos... luego de lo cual se había despertado bañado en sudor. En aquel momento pensó que le había afectado la película que acababa de ver antes de dormirse, una de esas acerca del fin del mundo. Ahora, temía que se tratara de un mal presentimiento.

«¡Maldición!», exclamó para sí, tratando de volver a la realidad y olvidarse del asunto. Sin embargo, su corazón seguía latiendo muy fuerte. Sus sienes, también. Se le aflojaron las piernas y creyó desmayarse. Al cabo de unos minutos, logró ponerse nuevamente de pie. Entonces, hizo uso de la lógica y empezó a armar y desarmar conjeturas respecto del significado de aquel encuentro con el hombre del sombrero.

Pensó que no podía tratarse de un atentado al propio edificio del CID, porque, si fuera así, aquel extraño le hubiera mencionado el asunto con mayor anticipación, de modo de darle tiempo para poder alejar a la gente de aquel gigante de vidrio y hormigón. El derrumbe de semejante estructura (349,75 metros de altura) afectaría varias manzanas a la redonda y, probablemente, toda la ciudad sufriría las consecuencias. Además, la Cumbre por el Desarme y la Paz se tornaría en una guerra mundial sin precedentes. Ya lo veía: unos países culpándose a otros, nadie sabría quién colocó la bomba. No, no podía tratarse de eso.

Qué era, entonces. Cuál era el propósito de que alguien le sugiriera que no era bueno que aquella Conferencia se hiciera... Faltaban quince minutos, y ninguna teoría le terminaba de cerrar. Tenía que tomar una decisión. A pesar de que expresamente, el misterioso individuo había mencionado que no existía amenaza alguna, seguía considerando la posibilidad.

Diez minutos: tenía que determinar que haría. Pensó en llamar a seguridad y requisar el edificio de pies a cabeza pero era imposible, no había tiempo suficiente. ¿Buscar a esta persona? Ya estaría probablemente fuera de la isla (partía un avión cada cinco minutos de allí), hasta podría haber cambiado de aspecto. Tampoco estaba seguro de su nombre, menos sabía de su apellido. Ni siquiera creía que fueran reales.

Recordó que él mismo no confiaba en que la Cumbre Mundial sirviera para algo. Incontables veces se había tratado de hacer algo semejante sin el menor resultado. Los índices de criminalidad en las ciudades alcanzaban valores muy preocupantes, el hambre, la guerra, el terrorismo, eran moneda común en todas partes, ya no había ningún sitio seguro en el planeta. Quizá lo mejor era renunciar. La paz y el desarme eran (y probablemente siempre fueron y serían) una utopía. Albert William Harris ya había probado su teoría de la naturaleza maligna del hombre: “El mal es un bien necesario para nuestra especie; sin él, nos hubiera sido imposible sobrevivir”. Básicamente, así rezaban los conceptos de este autor, del cual pronto surgieron diferentes escuelas filosóficas y hasta alguna que otra secta. Revertir esto, era pues muy difícil; cientos de científicos, filósofos y las mismas religiones, vistas desde esta nueva perspectiva lo probaban día a día. La Cumbre por el Desarme y la Paz Mundial parecía un total contrasentido.

Después de todo, él mismo, en el fondo, no estaba del todo de seguro de los resultados: ¿Los paquistaníes abrazándose con los israelíes? Imposible y muy difícil de creer. ¿Los europeos aceptando a los países del tercer mundo como sus iguales? No parecía para nada cierto. ¿El sur libre del yugo del norte? Vamos, quién se tragaría semejante cuento. ¿África rica? ¡Ni en mil años podría suceder!...

...La voz que salió del reloj en su muñeca le hizo recordar que faltaban cinco minutos para la Cumbre Mundial (aunque a él le sonaron a cinco minutos para el despegue, acordándose de un viejo programa de televisión que mostraba al transbordador espacial Discovery elevándose por última vez).

Este último pensamiento, vago y descontrolado, lo retornó a la realidad: él, jugando a formar frases con palabras sueltas y, el resto del mundo, al borde del abismo. Sintió el peso, justamente, del mundo sobre sus hombros y se acobardó. Huir en silencio y que se las arreglen, después de todo, no hay quien no tenga alguna responsabilidad por cómo están las cosas ahora. Nadie se puede declarar inocente.

A lo mejor, la utopía no debía cumplirse (las palabras del mensajero, recordó, fueron esas: «esta disertación no debe hacerse», «nadie debe...»). Entonces, se le ocurrió que tenía que mantenerse como la línea del horizonte, lejana, inalcanzable. Los navegantes siempre iban hacia el horizonte, pero nunca llegaban al horizonte, sin embargo a algún lugar llegaban tratando de alcanzarlo. El horizonte en sí no era la meta, sino la fuerza, la esperanza que los impulsaba a seguir. Así es como se habían descubierto otras tierras, así es como se habían inventado vacunas contra las enfermedades, así es como todo se hacía en este planeta. Quizá la paz mundial no debía alcanzarse. Sí, de eso se trata pensó. Si así fuera, si alcanzáramos la paz, moriríamos como especie, ya no habría nada más para hacer, por algo, Adán y Eva fueron echados del paraíso; la paz y el desarme mundial vendrían a ser el Paraíso. Ahora, todo tenía sentido...

...Clara lo sacó de sus pensamientos, comunicándole que lo esperaban en la Gran Sala de Conferencias —era grande en serio, cabían más dos mil personas en ella.

Ya frente al público, espero que cesasen los aplausos y que su manager le indicara que podía empezar a hablar. La transmisión se hacía por cadena mundial para todos los países y traducida a más de ciento cincuenta idiomas. Era el único programa televisivo que se emitiría ese día, a esa hora, y que llegaría a a más de un billón de espectadores.

Sus palabras colmaron la sala: «La paz mundial y el desarme son, hoy, un sueño hecho realidad. El próximo paso es llevar a otros lugares este mensaje de fe y esperanza, que seguro otros como nosotros no conocen, queda en manos de nuestros científicos, políticos, religiosos y filósofos proponer nuevas metas para la humanidad entera y que éste sea nuestro legado hacia las estrellas de las cuales hemos surgido...».

Contra lo deseado por el personaje de blanco, él había concretado la Cumbre Mundial y había propuesto una nueva meta, un nuevo horizonte, aún cuando sabía perfectamente que se tardaría años, décadas, siglos, milenios en realizar, si es que alguna vez se podía alcanzar (el horizonte no era el objetivo, sino que debía aparentar serlo). Estaba claro, sin un objetivo en común, el hombre no podría subsistir. Esta era una meta lejana, imprecisa, inalcanzable, pero que a la vez proponía el desarrollo de nuevas tecnologías, esperanzas, pensamientos, una nueva moral, nuevos descubrimientos.

Su trabajo estaba hecho, un solo día de trabajo y lo había alcanzado.

Entonces, todo se oscureció y cayó cuan largo, era sin sentido. Su corazón había fallado. Sólo alcanzó a escuchar los aplausos y el júbilo de la gente que se abalanzaba sobre él (más de dos mil personas), tratando de evitar lo inevitable. Las fatídicas palabras, al menos para él, se habían cumplido: «...las consecuencias serán terribles...».

El suceso de su muerte se transmitió, también, por cadena mundial. Los titulares de los diarios rezaban que el líder del Consejo Interamericano de Desarrollo, Iván Pérez, de 76 años de edad, había perecido debido a un ataque al corazón momentos después de anunciar el desarme, la paz mundial y de proponer un nuevo y utópico objetivo para la humanidad.

Claro que él era ajeno a estas noticias, ahora esperaba en una larga fila a que lo anunciaran ante el Jefe —sí, con mayúsculas—. Lo que más le extraño fueron sus propias vestiduras, blancas. Pensó que estaba en un sueño y se acordó del hombre de blanco, con sombrero blanco, con reloj blanco, cejas blancas, todo blanco...

Sonrió y pensó: «¿Qué diría Freud respecto de este sueño?». Entonces, para su sorpresa y como por encanto, se vio inmediatamente transportado a la oficina de «El Jefe», donde reconoció, también inmediatamente, al personaje que se encontraba al lado del Jefe, al mensajero.

—Efectivamente, soy yo —dijo éste último, como respondiendo a una pregunta que no hiciera—. Algunos, me dicen ángel; aquí, me llaman Miguel. Antes de vestir de blanco, me dedicaba a escribir libros. Se puede decir que soy el padre de la psicología moderna. Con el Jefe hicimos una apuesta: que yo no sería capaz de persuadirlo a usted para que, finalmente, lleve a cabo la cumbre Mundial por el Desarme y la Paz, allí en la tierra. Me convenció y, como verá, yo lo convencí a Usted. ¿No me diga que no tenía sus dudas y que no pensó, más de una vez, que todo sería un verdadero fracaso o que por momentos estuvo a punto de huir? ¿Ya leyó lo que dicen los diarios? Cinco países del mundo, incluido el Congo, aunque no lo crea, ya están fabricando una cura definitiva para el virus del Sida, la hepatitis y más de cien afecciones de origen genético a costo cero para los enfermos con la colaboración de las empresas farmacéuticas más avanzadas. La India está encarando un proyecto de viajes tripulados a Marte, calculan que en cincuenta años se podría establecer una colonia permanente. Más de veinte países exportan granos y alimentos al tercer mundo sin cobrar un centavo.

—¿Quiere algo más liviano? —Continuó el mensajero—. Desde su muerte, la delincuencia ha descendido en un noventa por ciento, y ya casi no hay accidentes de tránsito. ¿Increíble no?

—Pero, ¿me está tomando el pelo? —Preguntó el recién llegado.

—De ninguna manera, véalo por usted mismo.

El fallecido ex presidente del Consejo Interamericano de Desarrollo no podía salir de su asombro. Todo parecía ser verdad, y por lo cierto: esto no se sentía exactamente como un sueño. ¿Acaso...?

—Así es —le dijo «El Jefe»—. Pero no se sienta mal. Por suerte, mi querido Iván, está usted vestido de blanco. Y, respecto a la apuesta, créame que la he ganado. No la que hice con Miguel, sino con Gabriel, otro de mis ángeles. Me apostó a que yo no sería capaz de hacer que Sigmund trabajara para mí como mensajero. Como ve, era imposible que se rehusara ante semejante desafío. Aunque al principio, temo decir que dude de sus capacidades. Felizmente, su astucia no deja de admirarme.

—Pero... yo pensé que su objetivo era tratar de evitar que se efectuara la Cumbre Mundial.

—Mi estimado amigo —dijo el ángel—. Tal como acaba de ver, la psicología inversa todavía funciona, se trata de establecer una situación padre-hijo donde el padre le dice al hijo lo que no tiene que hacer, para que el hijo lo haga, indefectiblemente. Es muy simple en realidad. Usted vendría a ser el hijo... y, créame, acabo de darme cuenta de que, a mí, me han hecho la misma jugada...

© Federico G. Rudolph, 2005 - 2016.
Este relato forma parte de la obra: De Ángeles.


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