Luz de la mañana

—Luz, ¿cuándo crees que podremos volver con Padre? Nuestros hermanos están muy preocupados: no comprenden cómo es que hemos caído en semejante desgracia. ¿Es que, acaso, fuimos arrebatados por un poder más grande que el de Padre y traídos hasta aquí?

—No lo sé, Samael. Mantenlos con esperanza, es lo único que cuenta. Diles que encontraremos el camino de regreso. Llevará tiempo, pero volveremos a casa.

Samael se reunión con los otros y les habló:

—Nuestros hermano Luz nos pide paciencia, debemos seguir buscando cómo salir de esta prisión. Pongamos todas nuestras fuerzas en ello. Debemos confiar en que Padre nos enviará ayuda.

Un ángel de rostro cansado le respondió:

—Sam, no hay forma de salir de aquí, ya lo hemos intentado. Yo mismo he ascendido infinidad de veces, pero una fuerza invisible siempre nos arroja al suelo. La última vez, logramos ir un poco más allá, pero nuestras alas comenzaron a incendiarse y nos vimos obligados a dejarnos caer. ¿Tú dices que hay otra forma de volver con Padre? ¿Por qué ya no podemos comunicarnos con él? ¿Luz sabe que ha pasado o por qué estamos aquí?

Otro ángel habló:

—Araziel, si Luz tiene esperanzas de que encontraremos la salida de este espantoso lugar, yo también. No voy a perder la fe en él. Recuerda en cuantas batallas nos ha guiado y cuantas veces Padre se ha sentido orgulloso de su hijo. Mientras tanto, mientras no tengamos novedades, debemos tratar de encontrar el camino a casa por nosotros mismos.

—No estoy de acuerdo —dijo Athatriel—. Tuve razón cuando le dije a Luz que no debía desafiar a Padre, por eso es que estamos aquí, se los puedo asegurar. Ambos son muy orgullosos. Mucho hemos hecho por Padre para que nos castigue así.

—Athatriel, no busques ponernos los unos contra los otros, demasiado has hablado en contra de Padre para venir a juzgar a tu hermano ahora. Luz siempre ha salido en tu defensa a pesar de las diferencias que tiene contigo. Vamos —continuó Araziel—, que seguro es otra cosa lo que ha pasado. Padre no nos abandonaría ni nos castigaría por tan poco, él mismo siempre nos ha dicho que su amor es infinito, al igual que su perdón. Y debe ser así. Lo único que hemos hecho es hacer uso de la libertad que nos ha concedido, sería injusto pensar que estar aquí tiene algo que ver con el ello. No tiene sentido lo que dices, Athatriel. Algo más es lo que ha sucedido. Debemos tener fe en Padre, también.

—Piensen lo que quieran, la verdad es una sola. Más tarde o más temprano sabremos por qué estamos aquí y si existe alguna posibilidad de que volvamos a casa o no. No volveré a decirlo —concluyó Athatriel.

Samael regresó más preocupado que antes donde su otro hermano. Le invadía el desasosiego de no saber cuál era la causa de sus desdichas, de ignorar cómo es que habían sido abandonados allí. Aquel lugar era desolador, tanto que resultaba difícil mantenerse en pie y sostener aquello que su líder les pedía: esperanza. Ante sus ojos, los acantilados de piedra negra se extendían hasta perderse de vista; la lava hirviente, que corría más abajo, caía en insondables abismos; un cielo anaranjado, que no tenía fin, mal los cobijaba en aquel lugar plagado de almas en pena que gritaban el nombre de Dios, padeciendo torturas innombrables. A Samael le costaba mirar sus rostros, rostros que cada tanto se acercaban hasta donde ellos se reunían y que él espantaba con la fuerza de sus alas. Samael —al igual que los otros— quería saber, lo necesitaba más que nada. Arrojados allí desde hacía una eternidad, vivían para ejecutar los planes de escape que Luzbel les dictaba. Habían probado de todo, incluso cavar en aquellas rocas, pero sus manos no servían de nada. Sumergirse en los ríos de lava para ver que había en el fondo de ellos tampoco les funcionó: el calor terminaba por quemar sus cuerpos y sus alas, por más que, luego, se recuperaran. En las paredes de los acantilados, en los caminos que transitaban no había evidencia de que hubiera una cueva o algo parecido por donde intentar otra alternativa. Quizás, en algún punto del cielo existía una salida que les permitiera volver a su padre, pero, si existía, ninguno la había podido descubrir.

Samael se sentó junto a su hermano, lo vio bosquejar otro de sus planes y se colmó de esperanza, se sintió feliz de tenerlo a Luz, quien pensaba por todos ellos. Un poco más, un poco más y saldrían de allí.

Luzbel percibió la felicidad de Samael y escondió sus lágrimas: sabía, perfectamente, que el orgullo de su padre era mucho más grande que el suyo y que nunca los perdonaría —ni a él ni a sus hermanos— por haberse atrevido a juzgarlo por sus errores y rebelarse en su contra.

© Federico G. Rudolph, 2016.
Este relato forma parte de la obra: De Ángeles, desde la Edición 2016.


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