La Voz

—Sondar, comprende que este es el último de nuestros sentimientos.

—Estoy plenamente de acuerdo.

—Acepta esta nuestra última palabra.

—Enteramente, la acepto.

—Entiende que no es esta nuestra decisión, sino la decisión de tu pueblo.

—Lo que mi pueblo decida, será lo que obedezca.

—Que sea ésta tu voluntad.

—Que sea la voluntad de mi pueblo.

—Pide tu deseo.

—Nada os pido a vosotros, como nada pido a mi pueblo.

Fue en ese momento que las pesadas puertas se abrieron y dejaron el paso al oscuro ser, cuya faz estaba cubierta por un velo tan oscuro como él.

Con la aquiescencia del Supremo, inicio sus pasos al exterior. La Voz se había manifestado. El tiempo de su partida había llegado.

Como el lobo, que no cree en la ley pero la respeta, tomó sus pertenencias y emprendió su largo camino. Nunca, a aquel lugar, le estaría permitido su regreso. Excepto en otra forma.

Sondar, ese era su nombre. Su significado estaba oculto. Su sola presencia, su profunda e indescifrable mirada bastaban para atemorizar a cualquiera de ellos. Sondar fue expulsado de esas tierras, quizá por este hecho. Mirarle era como ver miles de años de continua existencia.

Solo en la soledad, no perdió más su tiempo y dejó atrás las murallas que separaban al hombre de la nada. La arena y el viento se encargarían de curtir y atezar su dermis.

Mientras erraba, recordó otras épocas, mejores y peores épocas, cuando todavía era un hombre. Sí, el temor que infundía a los otros no era necesariamente en vano. El hombre teme u odia siempre a lo desconocido. Ellos sabían que Sondar era un verdadero desconocido.

Posó su memoria sobre su niñez y se vio simplemente como un niño. Se vio después en su adolescencia y no vio más que un muchacho común y corriente. Al rememorar los albores de su madurez llegaron a su mente las imágenes del principio de su actual existencia.

Pero, no es tiempo aún de que lo cuente. Ora, necesario es que escuchéis. El intentar comprender los acontecimientos no es un proceso lineal, sino que debe contemplarse el hoy y el ayer al mismo tiempo para entender la razón y el significado de los hechos.

Sondar, llevado por el sendero de la vida, llegó a las puertas de la ciudad. Al ingresar a ella, quisieron darle la bienvenida, tal y como era la costumbre y lo que proponían sus leyes, pero al verle no hubo quién no alejara la vista de su rostro. La muchedumbre le dio paso, y continuaron con sus quehaceres.

Rota la primera ley un halo de misterio comenzó a rodearle.

Presentándose en la asamblea del pueblo como Sondar, el guardián de una antigua y olvidada ciencia, dio sus respetos a los viejos, quienes le aceptaron ese día como uno más de sus hijos.

El tiempo había pasado. La gente, se acostumbró a su presencia, así como él se acostumbró a la gente. Después de muchos años, llegó el día. De sus vestiduras, Sondar sacó su conocimiento. Un pequeño había caído enfermo y no existía cura alguna para su dolencia.

Sondar pidió ejercer su guardado oficio a favor del niño, lo que le fue concedido. Cinco semanas es lo que tardó en recuperarse el pequeño. Sin embargo, nadie quería volver a tratar con él, el miedo se los impedía.

La segunda ley fue quebrada.

Los años pasaron, y él con ellos, y ellos con él. Y así, las leyes se fueron rompiendo una por una hasta que todas fueron incumplidas debido a su secreto. Imposible le era de revelarlo.

Un año, llegada la época de los festejos, la Voz se presentó en su nombre y en el nombre de todo el pueblo. Sondar escuchó en silencio.

Las palabras que pronunció la Voz precedieron su destierro. Una vez más, Sondar dejó el mundo de los hombres y de las máquinas y vagó nuevamente por el desierto.

Sondar recordó el día en que del interior de aquella estrella que vino del norte descendió el ser que le legó su saber: la luz y la oscuridad. Sondar, el inmortal, adquirió ese día una ráfaga de vastedad y fue dios y hombre al mismo tiempo. El poder y la nada fueron uno en él.

Durante milenios, vagó y vagó por todas partes, buscando a los otros que, como él, tenían el don de dar y de quitar. Tal vez, alguno de ellos le devolvería su antiguo destino: el de ser un hombre, nada más que eso.

Las estrellas comenzaban a apagar su brillo, y no los encontró.

Sondar, el que navegó cuarenta días y cuarenta noches buscando tierra, el que vivió entre los Sumerios, quien recorrió el Nilo admirando las pirámides, aquel que hizo estremecer los carros en medio de hambrientos leones traídos del África, quien conquistó ciudades, tronos e imperios, el que conoció la sabiduría del Ying y del Yang, el todo del Tao, el que vio murallas abarcar aldeas y después países enteros, quien, al igual que otros, no encontró tesoros de oro en Eldorado, ni piedras preciosas en América, el que navegó los mares en tiempos de El Cano, quien recorrió el Este y el Oeste, el que dibujó las siete maravillas cuando fueron construidas y destruidas, el que vio cientos de revoluciones ganar los reinos que el mismo había tomado, el que ayudó a crecer la ciencia, las artes, la filosofía y las letras, el que vio invadir sus sentidos por el vértigo de los trenes y de los carros, aquel que usó del telégrafo y del teléfono, el que conoció el cine y la música, quien viera encerrados cientos de miles de sus años de historia en la palma de su mano, insertos en un disco de brillantes colores, con imágenes y sonidos, quien viajara a las estrellas y abriera caminos en Marte como lo hiciera en Iberia, para ir luego a encontrar nuevos mundos, quería, después de tanto tiempo, volver, simplemente, en el recuerdo, regresar a los suyos, a y con aquellos con quienes todo lo valioso que tenía había compartido.

Finalmente, otro como él encontró tras largo tiempo, el mismo ser que le diera la eternidad como muestra, quien, como él, buscaba las historias olvidadas y empezadas, terminadas y recordadas. Su petición había sido escuchada.

Vio, entonces, su pasado, el rostro del Ser y se contempló a sí mismo. De la eternidad, Sondar había vuelto para devolverse, a sí, su tiempo.

Sondar despertó en su hogar, junto al fuego, y escuchó la Voz que le dijo: —Quédate, finalmente estás en tu casa. Eres uno de nosotros, este es tu pueblo. Ya no es necesario que partas, otra vez, a conocer las estrellas. Más bien, conócete a ti mismo. Quédate aquí que nosotros te acogeremos.

Entregó Sondar su oficio y fue recompensado.

La Voz, así, había hablado. Y todas las leyes, una a una, fueron enmendadas.

—Sondar, comprende que este es el último de nuestros sentimientos.

—Estoy plenamente de acuerdo.

—Acepta esta nuestra última palabra.

—Enteramente, la acepto.

—Entiende que no es esta nuestra decisión, sino la decisión de tu pueblo.

—Lo que mi pueblo decida, será lo que obedezca.

—Que sea ésta tu voluntad.

—Que sea la voluntad de mi pueblo.

—Pide tu deseo.

—Nada os pido a vosotros, como nada pido a mi pueblo.

© Federico G. Rudolph, 2000 - 2016.
Este relato forma parte de la obra: El Rendar.


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