LA BESTIA EN CADA UNO DE NOSOTROS
«El miedo nos convierte en monstruos deformes y encorvados,
o con filosas garras, según la postura que adoptemos». FGR

La Tormenta

El hombre se encontraba sentado junto a la ventana, al abrigo de las últimas llamas que fulguraban en el hogar. El incesante murmullo del viento que atravesaba las paredes de su morada se asemejaba a los aullidos que lo atormentaban y que, poco a poco, consumían su alma.

Afuera, la Criatura olfateaba, buscándolo instintivamente.

—Maldita tormenta. Sí no hubiéramos encallado... ¡No sé cómo puede durar tanto este viento...! —exclamó.

El hombre mascullaba, temiendo que, quizá, no lograría sobrevivir, que moriría, al igual que sus compañeros.

—Es astuta, muy astuta —se decía a sí mismo—. Primero, eliminó a los más débiles. Scott se había fracturado la pierna y no podía caminar; luego, siguió David a causa de su miopía; y, así, con el resto. Ahora, me quiere a mí. Acabó con las reservas y, después, me alejó de la base. Estoy empezando a sentir la fatiga, pero debo guardar fuerzas hasta el último momento— reflexionó, en voz alta.

Mientras la mente del hombre trabajaba sin descanso, la criatura se acercaba a él, más y más. El hombre podía escuchar sus latidos y olerla, como ella lo olía a él. Poco a poco, fue capaz de ver en su interior, dentro de su mente, en la profundidad de sus pensamientos.

—¡No, no lo lograrás! Voy a terminar contigo de una vez por todas, nunca vas a tenerme. ¡Nunca! —gritó, amenazante.

De pronto, la criatura derribó la puerta de madera, quebrándose indefensa ante la fuerza brutal y desmedida. Una vez adentro, sin compasión alguna, la criatura atizó sus enormes garras sobre el hombre, y este retrocedió sangrando, aún de pie.

La criatura, desconcertada, avanzó por segunda vez... El disparo retumbó en medio del bosque, en medio de la tormenta. La bestia cayó derribada cuan larga era, sin hacer demasiado ruido, muerta.

Temeroso, el hombre la observó de lejos: debía medir, por lo menos, dos metros y medio de altura. Un pelo oscuro —marrón o, quizá, negro— cubría todo su cuerpo. Y sus dientes —el hombre jamás había concebido la idea de semejantes dientes— eran largos y extremadamente afilados, al igual que aquellas garras. El fuego comenzaba a extinguirse.

El hombre se acercó a la criatura. El temor volvió a su cuerpo al descubrir aquellos ojos, rojos como el fuego que se debilitaba y que, aún muertos, dejaban traslucir una mezcla de ira y maldad incalculables. Jamás olvidaría esos ojos, espantosos como la tormenta que soplaba afuera, adentro, en todas partes.

Entonces, el hombre se dio cuenta:

—La puerta está rota. ¡La puerta...! —exclamó, desesperado.

Y, antes de que pudiera hacer nada, las otras criaturas atravesaron el umbral y se alzaron silenciosamente a su espalda, pasaron junto a él y se disputaron el cuerpo exánime, tirado sobre el piso de madera, desmembrándolo y devorándolo, poco a poco, hasta dejar solo un charco de sangre y huesos bañados de rojo, como el fuego a punto de apagarse.

Cuando acabó el festín, las criaturas giraron al unísono sus cabezas y penetraron en los ojos del hombre, pero este ya había cargado el arma y la descargó, una y otra vez, sobre ellas. Los disparos retumbaron en medio del bosque.

La tormenta se había ido quién sabe cuándo. El viento cesó, el silencio inundó el cuarto y el hombre abandonó la morada. No se detendría, sino hasta alcanzar la nave que los había llevado a ese lugar de desolación y crueldad insospechadas. La nave estaba reparada hacia meses, pero necesitaban que el viento y la tormenta amainaran, para poder partir de allí.

El hombre no se detuvo. Avanzo y avanzó, corriendo hacia la libertad, aferrado a la senda que le permitiría regresar a su casa, regresar con su familia, retornar a la seguridad de los suyos.

Una vez afuera, alcanzó a vislumbrar la cúpula transparente allá a lo lejos. Habían pasado horas, minutos, segundos... desde que había abandonado la cabaña que los albergara, a él y a su tripulación, durante meses.

Cuando le faltaban, nada más, unos metros, unos centímetros, unos milímetros para alcanzar su meta, sintió el frío sobre su cabeza, sobre sus ojos, sobre sus manos descubiertas. Los copos de nieve empezaron a caer otra vez. Y antes de que pudiera abrir la puerta de la nave, el viento se cernió con furia sobre él, impidiéndole escapar. Y, con la nieve, con el viento y con la tormenta, otra criatura.

El hombre cargó su arma y esperó.

© Federico G. Rudolph, 2000 - 2016.
Este relato de terror forma parte de la obra: El Rendar


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