La Fuente

Estar sentado aquí, a 40 kilómetros de altura, donde se yergue La Fuente, es una experiencia increíble. Es tal como se comenta allí abajo, en la superficie. “La Fuente, energía y conocimiento inagotables al alcance de todos”, nos enseñan desde niños. La Fuente alimenta cada artefacto eléctrico, cada terminal de datos de la Tierra. Lo ha hecho durante cientos de años. Pero, también, es quien decide nuestro presente y nuestro futuro. El transporte de personas y alimentos está regido por su cerebro. Las luces de las ciudades se encienden y apagan a sus órdenes. Ninguna acción humana se realiza sin su autorización. La vida es una cuestión de uso y transferencia de energía. Energía que no puede ser desperdiciada sin un propósito, y sin que beneficie a la mayoría.

Un enmarañado conjunto de cables, fibras y enlaces inalámbricos conectan su superficie. Desde aquí puedo ver su estructura externa, semejante a un cerebro humano; un cerebro artificial conduciendo los destinos de la humanidad. La Fuente lo es todo. ¡Que bello es poder contemplar las nubes desde esta altura! Nadie me había comentado que sería un espectáculo inolvidable. La Fuente es la perfección; el hombre no necesita pensar más en lo que le depara el destino, o encontrar por sí mismo soluciones a sus problemas. En la escuela nos enseñan que todo problema fue resuelto, que ya no existen. El hambre, la guerra, las enfermedades, la falta de trabajo, la escasez, la sequía,… todo fue resuelto por el Gran Cerebro (por la Fuente), hace ya muchos años, apenas fue construido.

Desde esta perspectiva puedo ver cómo se mueve la información en intrincadas líneas de luz de cientos o, quizás, miles de colores (no los distingo a todos). ¡Es hermoso! Pero más aún lo será el espectáculo que les tengo preparado, y para lo cual he venido hasta aquí. No fue fácil. ¡Increíble! La Tierra acaba de mostrarme una de las pocas obras en pie que pueden verse incluso desde la Luna: La Gran Muralla China. ¡Bellísima!

¿Cuántas vidas habrá salvado La Fuente en su afán de perfección ya encontrada? No lo sabremos, pero han sido muchas, nos explican día a día nuestros maestros. La cultura domina las ciudades. No existe preocupación alguna. Debajo del gran domo, aisladas de la naturaleza, cruel, despiadada, incontrolable, allí, fueron construidas nuestras ciudades. Afuera, es el caos. Pero La Fuente respeta el caos. Convive con la naturaleza, separada de ella; y nosotros hacemos lo mismo.

¡La Selva Amazónica! ¡Y el río que desemboca en el océano! Mis amigos van a envidiarme por esta vista única a la cual tengo acceso. El contorno azul que rodea el disco de la Tierra, sobre el negro profundo del espacio, y las estrellas blancas brillando por cientos, forman una impensable escena. Mientras espero, miro de reojo un canal de noticias de alguna parte del mundo (Un enlace neurológico implantado en mi retina cuando era niño, y conectado al chip holográfico ubicado en el campo frontal de mi cerebro, me permite ver cualquier programa de TV sin necesidad de una pantalla externa).

Lo de siempre. No existen ni la violencia, ni los robos, ni los accidentes (alguna vez ocurrían a diario, nos contaron); tampoco nuevos descubrimientos, o cambios climáticos que nos afecten. No se cuál sea el sentido de que sigan existiendo estos programas de televisión, reminiscencia de antaño. Puede que tenga que ver con la necesidad de sentirnos seguros. Probablemente, eso sea.

Falta todavía una hora para el show que tengo preparado desde aquí. ¡Será un evento mundial! ¡Ojala el público me recuerde y lo recuerde! Me tiemblan las manos, acabo de visualizar el momento en que elegí llegar hasta aquí. El momento en que entendí la razón de La Fuente, esa otra parte que nunca nos contaron: ¡Hermosa! ¡Indescriptible! ¡Casi mágica! Y justo por eso, es que debo hacerlo.

Cuando haga estallar en mil pedazos La Fuente de nuestro sufrimiento, la que nos ha ocultado por siglos que fuera de los domos, y debajo de las grandes ciudades, viven miles de millones de esclavos sometidos a los caprichos de nuestra gente (insensibilizada y por completo ignorante de lo que ocurre verdaderamente en el mundo), entonces volveremos a ser lo que éramos: incompletos, con miles de defectos; pero regresarán los anhelos de progreso, de una vida digna para todos y no sólo para unos pocos.

La cuenta regresiva está en marcha y nada ni nadie podrá ya detenerla. Por suerte, lo he grabado y transmitido todo. Mi muerte y mi vida quedarán registradas allí en la Tierra. El mundo sabrá porqué lo he hecho. ¡Oh, La Fuente! ¡Hermosa! Ahora puedo entender la pasión de los hombres por defenderla, por protegerla de vándalos que, como yo, han intentado antes sin éxito destruir tanta belleza.

El hombre deberá construir nuevamente su destino, con errores y aciertos, a través de su propia guía. Lo último que veré será una luz intensa ocupando todo el espacio de mis ojos: Un espectáculo que podrán disfrutar millones de personas, tanto como yo he disfrutado de estar aquí arriba. Aquí viene. Por el bien de la humanidad, me entrego a ella.

© Federico G. Rudolph, 2014.
Este relato formará parte de la obra: Cuentos poco conocidos Vol. II.


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