La flor del cactus

El aroma embriagador de las flores de cactus invadía cada rincón del parque. José Luis temía respirar allí por temor a caer enamorado. Apenas percibía el penetrante olor a flores dulces y frescas, que emanaba de algún rincón escondido y no explorado en medio de aquella pequeña jungla urbana, tomaba aliento y apresuraba el paso. Su faz se sonrojaba por la falta de aire. Al llegar al otro extremo liberaba sus pulmones y los reponía con avidez de ahogado. Repetía aquella rutina a diario, y sin excepción, camino al trabajo.

José Luis acababa de cumplir 19 años. Asistía a la universidad, y con lo que ganaba como lavaplatos costeaba sus estudios. En sus planes estaba el recibirse de médico clínico y conseguir un puesto en el hospital de la ciudad. Quizás el tiempo lo llevaría también a dictar alguna cátedra en la Facultad de Medicina. Al menos, con eso soñaba.

José Luis se reunía frecuentemente con un grupo de seis o siete amigos y compañeros de estudio. Margarita, Francisco, Juan, Juana y Verónica eran los más cercanos. No tenía novia, ni planes aún de enamorarse. Un sábado lo invitaron a ver una película. A la salida del cine se sentaron a comer unos tacos y a beber cerveza en el bar en el que él trabajaba. Era un lugar limpio, cálido y barato (justo para sus bolsillos de estudiantes universitarios).

Entre risas y charlas salieron del bar y cruzaron el parque de regreso a sus casas. José Luis capturó en su nariz la dulzura embriagadora de las flores de cactus y cayó en una especie de éxtasis, producto de aquel aroma que nunca se había permitido disfrutar. Verónica lo miró con ojos celosos (estaba enamorada en secreto de él).

Saliendo del parque, una muchacha hermosa, como la luna que los iluminaba, se cruzó con ellos. Sólo tuvo ojos para José Luis y, él, sólo para ella. Se miraron a dúo mientras caminaban, cada cual, en sentidos opuestos. Ninguno de ellos supo quién era ella o de dónde había salido. Verónica la odió como se odia un lunes antes de ir al trabajo o como se odia tener que hacer cola en la fila más larga del supermercado o, simplemente, como odia a la amante una esposa engañada.

Después de esa noche Verónica sintió que había perdido para siempre la oportunidad que guardaba para cuando José Luis terminara de estudiar. Él ya no salía con ellos. Su rutina había cambiado. Ahora, cada vez que pasaba por el parque no temía respirar. Por el contrario, lo buscaba. Aquellas flores de cactus lo enamoraban como lo había hecho la muchacha.

Todas las noches, al salir de su trabajo, y también en sus días libres, volvía a pasar religiosamente por el parque queriendo cruzarse con ella una vez más. Pero, no fue sino hasta que la luna se volvió a asomar blanca y luminosa en ese cielo límpido y claro de otro sábado que la volvió a ver. La vio de espaldas con su negro, sensual y largo cabello hasta la cintura, insinuando sus curvas, anunciando su belleza. Ella se perdió entre los arbustos. Él necesitaba, conocerla, saber su nombre, quién era, porqué le gustaba tanto. La siguió en medio del parque, a la luz de la luna, persiguiendo su aroma, que lo embriagaba, que lo perdía en sueños, que lo enamoraba.

El parque semejaba un laberinto. En su centro crecía un cactus sobre un lecho de arena sembrado de pastos muy bajos. Un pequeño desierto en medio de la arboleda del parque. La hermosa joven lo esperaba junto al cactus. Suelta de ropas, descalza. “¿Cómo es que no lo había notado antes?”, se preguntaba el muchacho. Fue hacia ella y se hundió entre sus muslos, entre sus pechos, como si fueran antiguos amantes. Se desnudaron, se abrazaron, se besaron en medio del parque. Yacieron juntos. Como únicos testigos: la luna y el cactus.

A kilómetros de allí Verónica sintió un dolor profundo en su pecho. Recostada en su cama, lloró desconsolada sin saber por qué, o sí. Sintió que perdía a José Luis para siempre. ¿Cómo? Cosas de mujeres quizás (quién sabe).

Y en verdad, Verónica, lo había perdido para siempre. Terminado el acto, la diosa Xtabay clavó sus uñas y dientes sobre el muchacho y lo arrastró al Xibalbá donde moran los ebrios, los lujuriosos y los noctámbulos que se pierden desquiciadamente en el perfume de su piel. Antes del fin, José Luis, recordó lastimosamente por qué se negaba a respirar aquel aire putrefacto, camuflado tras la lacerante, penetrante, irresistible dulzura de la flor del cactus.

© Federico G. Rudolph, 2014.
Este relato participó de la Mesa de Lectura de Poesía y Cuento del "Festival de la Xtabay",
Museo Maya Santa Cruz Xbaalam Naj, Felipe Carrillo Puerto, Quintana Roo (México), 10 de octubre de 2014, y
formará parte de la obra: Cuentos poco conocidos Vol. II.


www.000webhost.com