IMPIEDAD
«Surgida de la nada,
te hundes en el abismo eterno de lo desconocido,
arrastrando a todo aquel que osa mirarte.
Eres: ¡La Impiedad!». FGR

La Casa

Desde niño me provocó miedo su cercanía, el recorte de su silueta sobre las paredes de las otras casas durante las últimas horas de la tarde, sus muros enmohecidos, sus ventanas sangrantes de óxido y vieja pintura roja, su amenazadora chimenea, sus vidrios opacos, rotos y deslucidos, su abandono de años. Una vez, traté de sacarme ese miedo primordial que estremecía todo mi ser:: un incierto y profundo terror que aumentaba incesantemente a medida que me acercaba al terreno donde se erigía La Casa.

No fue, sino cuando cumplí diecinueve (la edad en la que uno pierde muchos de sus miedos), que me atreví a desafiarla. Me armé de valor, y cruce el cerco, allí, por donde no crecía mata ni arbusto alguno. Inconscientemente, levanté un ladrillo caído junto a la puerta de entrada de madera marrón, desvencijada y carcomida por todas partes. Tomé aire, y deposité, por un momento el ladrillo en el suelo, casi en el mismo lugar en donde lo había encontrado. Empujé la puerta con todas mis fuerzas, la que se abrió de par en par, recién, al tercer intento, como si algo no quisiera que yo entrase a La Casa.

A pesar del dolor que empecé a sentir en el hombro izquierdo, debido a una magulladura que me acababa de hacer al intentar derribar la puerta, decidí continuar adelante y enfrentar a mi miedo más temible. Recogí, nuevamente, el ladrillo y atravesé el dintel... Una fuerza sobrehumana me empujó hacia el exterior. Antes de caer, otra (o la misma fuerza) me arrastró nuevamente hacia adentro, hacia la absoluta tenebrosa oscuridad de La Casa.

Una boca enorme, plagada de miles de dientes puntiagudos y putrefactos, se abrió se manera inconmensurable, dispuesta a devorarme sin piedad. Me defendí con el ladrillo y, al final, lo arrojé en medio de aquellas siniestras fauces. Sólo tuve un segundo para zafarme y para huir de aquella estancia maldita, alguna vez (y aún hoy), morada de seres inhumanos, innombrables, imperecederos, inmortales, aterradores, y anteriores a todo lo conocido...

No he vuelto a acercarme a aquel demoníaco lugar, y eso que han pasado muchos años desde aquel horrible encuentro. Tampoco volveré a acercarme. Recuerdo muy bien que La Casa me habló desde lo más profundo de aquella oscura y espantosa boca. Lo que pronunció resuena y resonará, por siempre, en mis oídos: «¡Soy el terror»», me dijo. Y le creí y, aún hoy, le sigo creyendo. Moriré con ese terror en mis oídos; un sonido que todavía retuerce mi mente, mi alma, mi carne y cada uno de mis otros sentidos, y que nadie podrá apagar, ¡jamás! ..

© Federico G. Rudolph, 2011 - 2016.
Este relato forma parte de la obra: De amores y de locos.


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