“Si no conoces todavía la vida, ¿cómo puede ser posible conocer la muerte?”
Confucio (551-478 AC)

Hipótesis existencialista

En cualquier bar de la ciudad es común escuchar diálogos inusuales. Sólo tenemos que afinar un poco el oído para encontrarnos de inmediato con discusiones siniestras, fantásticas, crípticas e inverosímiles.

Moralmente, quizás, entrometerse en conversaciones ajenas (aunque más no sea como un oyente ocasional), pueda llegar a ser condenable; pero, para mí no es sino una especie de vicio muy difícil de evitar. Es que los vicios son eso: la inevitabilidad de caer en nuestras propias debilidades.

Sin embargo, desde que me topé con la siguiente e inexplicable sucesión de acontecimientos se me ha quitado un poco esta maña que, quién se hubiera imaginado, pudiera llegar a ser tan perjudicial.

Mientras esperaba con ansias mi café aquel sábado por la noche en un conocido lugar, dos hombres, sentados en una mesa muy pegada a la mía, mantenían esta atípica conversación:

—Más de una vez —dijo el primero—, me he preguntado qué tanto sabemos de la vida, de la muerte, de los sueños, y sobre todo, cómo podemos asegurar si estamos vivos o no.

—¿Cómo puedes dudar de que estemos vivos, o llegar a creer que estamos soñando en este momento? Es muy simple de comprobar —contestó el otro—. Sólo tienes que pellizcarte un poco el brazo para saberlo. La experiencia de los sentidos es innegable; y son ellos los que nos permiten sacarnos de esta duda. En los sueños todo se vuelve confuso, se rompen las leyes de la física, ocurren cosas extrañas. En cuanto a la muerte, bueno, ese es otro tema; al faltarnos los sentidos la experiencia no puede sino ser otra, muy distinta (imagino) de la que tenemos en vida. Eso, suponiendo que podamos sentir estando muertos. No lo veo tan complicado.

—Para ti puede ser así, pero yo lo veo de otra forma. Estoy de acuerdo con la experiencia de los sentidos. Pero,... ¿qué pasaría si al morir fueran alterados conforme a la misma experiencia de la muerte y nuestra sensibilidad modificada, haciéndonos creer que estamos vivos? Sería como perder el recuerdo de los sentidos, y que este recuerdo fuera reemplazado por otro. Aún, cuando lo quisiéramos, no tendríamos manera de distinguir la diferencia. Y por lo tanto, si tú y yo estuviéramos muertos en este momento, seríamos incapaces de afirmar o negar ese hecho.

—Mmm, interesante hipótesis. No lo había pensado. Sin embargo, insisto en que la muerte debería ser algo muy distinto de esta vida. Y que, si en este momento tú y yo estuviéramos muertos, este Malbec sabría a otra cosa o no sabría a nada. Por favor, terminemos la botella, que el vino te ha pegado muy feo esta noche. Me parece que lo tuyo no es más que una “melancolía” alcohólica. Vamos, que te llevo a tu casa.

Dicho esto, los dos hombres apuraron el vino y se encaminaron de inmediato a la salida del bar (no sin antes dejar paga la cuenta).

Y en este punto, quiero aclarar, que no fue tanto la anterior tertulia lo que me ha conmocionado hasta la médula y que me ha quitado el vicio de escuchar conversaciones ajenas, sino lo que ocurrió a continuación; un hecho que me llenó de incertidumbres sobre el sentido y la realidad de nuestra propia existencia. Una duda que me carcome y que necesito aplacar, aunque más no sea trasladándosela a ustedes, y que no es otra cosa que, la de poder afirmar, verdaderamente, si estamos vivos o no y cómo podríamos asegurarnos de ello. ¿La vida y la muerte son acaso una certeza?

Pido saberlo, porque, uno de aquellos hombres, antes de salir del café le hizo a su amigo una sola pregunta, cuya respuesta me llenó de horror, retumbando en mis oídos desde entonces:

—Roberto —inquirió el que había abierto tan desbaratada hipótesis existencialista, señalándome con su dedo y mirándome fijamente a los ojos—, ¿quién es ese tipo, ese, el que estaba sentado al lado de nuestra mesa?

—Déjate de bromas, Diego —le respondió el otro, temblando de espanto—. ¡Tú y tus fantasmas! ¿Allí...? ¡Allí, no hay nadie!

© Federico G. Rudolph, 2015.
Este relato participó del 9° Encuentro de Poesía y Cuento Breve “Rubén Vela”,
Villa Giardino (Córdoba, Argentina), 7 de febrero de 2015, y
formará parte de la obra: Cuentos poco conocidos Vol. II.