He de matar al gato

Después de innumerables razonamientos he encontrado la solución a mi problema. Lo escucho cada noche, subido al muro que separa mi casa de la del vecino, maullando y maullando. Algunas veces se oyen gruñidos, otras una especie de llanto, las menos un ulular aterrador que no pareciera provenir de la boca de un gato.

El suplicio comienza al momento de sumergirme debajo de las sábanas. Trato de ignorarlo, pero me es imposible. Cuando por fin consigo conciliar el sueño escucho sus pasos; ahora, sobre el tejado, como si se pasease justo encima de mi cama, justo a la altura de mi almohada. Son pasos cortos, ágiles, muy perceptibles, yendo y viniendo interminablemente de uno a otro lado. Un ritual que se repite noche a noche, que desquicia mi sueño y que me empuja a golpear frenéticamente el techo con un palo de escoba, el cual aprendí a guardar muy bien debajo de la cama.

Al cabo de un rato se marcha y me invade un odioso desvelo. Como a eso de las tres de la mañana mis párpados ceden al peso del tan postergado sueño; y duermo, y duermo, y duermo… y otra vez el gato; ahora arañando las ventanas (no sé cómo lo hace), las del comedor, las de la cocina, las de la pieza de servicio; pero, nunca, las de mi habitación. ¡Juro que es a propósito! Cuando enciendo las luces de la casa, desaparece; siempre a la misma maldita hora: las 4:15 de la mañana. Recién ahí descanso (hasta las 6:15, que es la hora a la que me levanto para llegar a tiempo al trabajo). Todos los días el mismo ritual, la misma pesadilla. “Maldito gato”, pienso en voz alta y me digo a mí mismo cada noche, a esa misma hora, en la soledad de mi cuarto.

Pero no es esa la razón por la cual he decidido “suprimirlo” de este mundo. No. Ni siquiera por haber empezado a perjudicar mi desempeño laboral o hacer que me duerma, seguido, sobre el volante de la mula debido a la falta de sueño (ayer casi volteo una estantería repleta de zapatos en la fábrica en la cual trabajo). Ello no alcanza para querer asesinarlo, para hacerlo desaparecer de mi vida.

He aquí mi confesión, la razón por la cual quiero matar a ese gato. ¡Pobre de él cuando lo encuentre! Porque, nunca lo he visto (al menos, no, hasta hoy), sólo lo he escuchado. He escuchado sus pasos, sus gruñidos, sus uñas sobre la venta y cada ruido que es capaz de hacer. Pero, ¿verlo? Nunca antes.

La razón es otra. Se trata de mi novia. Hace cinco meses que descubrí que me engaña con otro operario de la fábrica. “Al menos podría haber buscado alguien con más futuro que yo”, suelo decirme a mí mismo. Tampoco supe quién era el miserable hasta, hoy, que los descubrí besándose en la puerta de la fábrica. ¡Desvergonzados! ¡Humillarme de esa manera frente a todo el mundo, ante mis demás compañeros de trabajo! Ahora entiendo sus sonrisas, sus caras burlescas, sus miradas. ¡Todos lo sabían! Y nadie fue capaz de decirme nada. Pero ya verán, me vengaré de cada uno. Ya he urdido mi plan hasta el último detalle. Excepto... una única cosa, debido a que no logro concentrarme.

Siempre que lo repaso en mi cabeza, o cuando lo ensayo sobre la maqueta que tengo en mi habitación, descubro algún cabo suelto que podría llegar a delatarme. Siempre. Hoy cerré todo lo que pude, el plan casi perfecto diría yo. El problema es ese “casi”, que no me deja dormir por las noches (pues, no es sólo el gato). Y hasta que no logre atar ese cabo, no me conviene llevarlo adelante. La policía podría llegar a descubrirme, y no estoy dispuesto a pasar el resto de mi vida tras las rejas siendo que la culpable es ella, y él, y todos los otros. ¡Morirán todos! Sólo que aún no lo saben. Esa será mi más dulce venganza...

No fue hasta hoy que descubrí lo que estaba pasando (la causa por la cual no he podido terminar de perfeccionar tan exquisito plan). Se trata del gato. Ese que no me deja dormir por las noches, ese que no me deja concentrar, ese al que pude ver recién hoy, parado sobre la tapia del vecino, mirándome con sus ojos rojos, burlándose de mí con su risa siniestra, con su cara perversa. Sé que lo que pretende ese gato no es otra cosa que mi fracaso. Lo vi en sus ojos. No es un mero animal, ¡es una criatura del infierno aguardando por mi condena!

Sí, ha sido él. Hoy repasé el plan, detalle a detalle, paso por paso. Hoy me di cuenta: la bestia no sólo se ha paseado por fuera de mi casa, sino que ha estado aquí en mi habitación moviendo la maqueta, imperceptiblemente, cambiando mis anotaciones con su letra (igual a la mía), confundiendo mis cálculos.

Sí. Tan claro como el agua. ¡Ya verás, felino del demonio, como llevaré a cabo, con éxito, mi Plan! ¡Te he descubierto! Ahora lo entiendo. Para no ir a prisión, para poder llevar adelante mi venganza, para liberarme de mis enemigos para siempre, para poder terminar mis cálculos, sin interrupciones, sin contratiempos, sin la burlesca intervención del diablo que busca estropearlo todo a través de su enviado, ¡he de matar al gato!

© Federico G. Rudolph, 2014.
Este relato formará parte de la obra: Cuentos poco conocidos Vol. II.