Gabriel

Su rostro miraba hacia todos lados, sus oídos escuchaban todos los sonidos, su corazón conocía lo que cada ser por debajo de él, su interior comprendía todos los pesares del mundo. No era Dios, sino el ángel que anunciaba los males de la tierra. Quería escapar de su destino. Entonces, se hizo hombre y perdió la gracia del saber y de la vida etérea, pero las recuperaría al volver —no es posible huir de la propia naturaleza—. Los ángeles siempre serán ángeles, mientras sueñan, descienden entre nosotros y pueden amar a otros ángeles dormidos. Son seres errantes que vagan entre los mortales confundiéndose entre ellos. Cuando retornan a la luz, sus rostros se vuelven hacia aquellos que amaron, sus oídos escuchan las voces de los niños, sus corazones sienten lo que el hombre. En su interior, no comprenden su propio pesar. Lo sé, porque soy uno de ellos: el que escapó de su destino y solo quiso entender la razón de tanto sufrimiento. Prefiero dormir entre los hombres, a despertar del sueño que me hará saber que en la tierra amé a un ángel y que ya no podrá ser.

—A ti que todo lo sabes y todo lo gobiernas, ¿por qué me dejaste amar? ¿Por qué me dejaste sufrir?— te pregunté, sin esperar una respuesta.

—Porque tu rostro —me dijiste— miraba hacia todos lados, porque tus oídos escuchaban todos los sonidos, porque tu corazón conocía lo que cada ser por debajo de ti, porque tu interior comprendía todos los pesares del mundo. Porque solo te faltaba descender a la tierra, amar y sufrir lo que el hombre para ganar, así, tu alma inmortal.

© Federico G. Rudolph, 2007 - 2016.
Este relato forma parte de la obra: De Ángeles.


www.000webhost.com