El Sabio

Absorto en sus pensamientos, el anciano sentado en el umbral de la puerta ubicada al final de las escaleras de aquel edificio desierto y sombrío —colmado de pasos de otros tiempos—, buscaba la respuesta a la última pregunta, determinado a no abandonar aquel lugar como lo habían hecho tantos otros antes que él —con sus manos y corazones vacíos, desolados ante los hechos—. Otros, que no habían sino destruido aquello por lo que tanto habían luchado: el tiempo, el mismísimo tiempo.

Pero su propio tiempo había llegado a su fin, y la pregunta no había sido contestada. Sin embargo, él no cejaría en el intento. Los años le habían conferido ese dejo de terquedad característico de los suyos. No por nada lo apodaban «el anciano» —inútil, llamarlo de otra manera.

—La búsqueda de la verdad no puede ser suspendida ni por el más terrible hecho, aunque el mismo acaeciere bajo su causa —reflexionó—. Volvamos al principio. Lo mejor será buscar en los libros: «Didáctica Tomo I», creo que es un buen comienzo. Al tiempo no le conozco, por lo tanto no habrá de cruzarse en mi camino —concluyó.

Antes de poner un pie en el recinto, abandonó la contemplación y comenzó a andar nuevamente, como un reloj otrora desatendido por su dueño, ora recién ajustado por el mejor de los relojeros.

Ya en el recinto, parado frente a una sofisticada máquina, oprimió una serie de lo que parecían ser botones grises, descascarados por el paso de las eras. De inmediato, la máquina cobró vida —por enésima vez— cual ejército llamado a la guerra. Tecleó en ella una serie de dígitos, palabras o tal vez alguna frase —es de suponer—, y cargó en su memoria cuanta fórmula, expresión, condición e información recordaba. «Maquina Inferencia», tenía grabado por allí, en algún lado.

Aquel alimento tardaría no menos de un sol o dos en ser desmenuzado. ¿Encontraría en esta ocasión la respuesta? Dudó, pero sabía que podía ser.

—Tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe —citó para sí—. Aunque, espero que, en esta ocasión, no sea la máquina quien se rompa —bromeó.

Pero no, la máquina había sido diseñada y construida de modo que jamás se vería afectada por daño alguno: era la perfección en sí misma. Poseía la capacidad de regenerarse en forma autónoma, tomando para ello lo que el medio le proporcionaba.

—«Retórica Libro XII». Ya deberían estar los primeros resultados —afirmó.

Una lista, impresa en lo que podría ser papel, comenzó entonces a brotar de las entrañas del aparato. Una y otra vez se repetía la misma secuencia de símbolos: 0>0, 0<0, 0=0. El anciano no pudo comprender tan extraño resultado.

—Esta máquina se ha vuelto loca —sentenció—. Comenzaremos de nuevo.

Pasaron dos soles, y la lista emergió nuevamente: 0>0, 0<0, 0=0...

—¡Ya! ¡Creo que es suficiente! «Anatomía General Tomo III», y es el último que leeré. No voy a creer esto. No bien finalice el proceso, se acabó. Tiene que haber una verdadera respuesta.

Pasada la desilusión, se encaminó de nuevo a su trabajo.

—«Metáforas utilizadas en las obras de compositores y poetas» —leyó en el lomo de otro libro—. Estaba seguro de que la lectura ayudaría, absolutamente seguro. Supongamos entonces... Si el tiempo no tiene existencia física, no puede ser medido bajo sus leyes, ergo, sumergirlo en un entorno con dichas características sería un temible error, puesto que ninguna ecuación podría ser correctamente resuelta, sea: cero, o sea, tiempo, igual a tiempo; tiempo, mayor que tiempo; y, tiempo, menor que tiempo. Entonces, el comportamiento del tiempo dentro de un medio experimental físico no estaría regido conforme a las reglas de la física, sino de la física-espacio-temporal. Sin embargo, sabemos, ya que ha sido comprobado empíricamente, que viajamos a lo largo de un vector espacio-temporal, que si resolviéramos su comportamiento, en primer lugar, atacando el problema físico y, luego, el problema espacio-temporal, y si estableciéramos una relación directa entre estas dos soluciones parciales, obtendríamos, sin lugar a dudas, la solución general a nuestro problema. Diseñemos entonces un sistema de coordenadas físico-espacio-temporales, para representar simbólicamente el misterio.

La luz se encendió como la llama de una vela, tanto en su ser como en su mente. La construcción del vehículo estaba en marcha. La solución esperada por todos: los impacientes y él —el más paciente de todos—, había llegado. Finalmente podría regresar y traer de nuevo lo perdido y lo olvidado, lo querido y lo soñado: el tiempo.

El tiempo de los suyos regresaría —al igual que los suyos—. El problema de la traslación físico-espacio-temporal había sido resuelto. Solo faltaban de resolver algunos pequeños detalles. El anciano no no tardó en arreglarlos.

Él lo ignoraba, pero fue aquel viejo artefacto quien había elegido, audaz y claramente, el momento más adecuado para el acontecimiento que se venía, porque, en el preciso instante en el que el anciano oprimió el último de los botones para iniciar el viaje al punto cero, la máquina le mostró algo así como una sonrisa, una sonrisa de triunfo. Una luz intensa brilló por algunos segundos, y una réplica fantasmagórica de la máquina, surgida de aquella luz, se esfumó en los laberintos del tiempo.

El anciano no tuvo más que rendirse ante aquella que había creído inferior a él. Y entendió, recién en ese momento, que bajo ese manto de botones y tendidos eléctricos se escondía algo mucho más antiguo que él y que los de su especie: el alma de su creador —o por lo menos su esencia—, y que éste o ésta, había obtenido un mejor partido que el suyo, puesto que había logrado, a través de aquel proceso, enviarse a sí misma y no a él, al anciano, al punto cero. Lamentablemente, advirtió muy tarde su error.

Comprendió, entonces, que su función era servir y no desear. Comprendió, entonces, que él era sólo un anciano, pero que la máquina no era solamente eso, puesto que quién sino un sabio podía haberle derrotado —usado, más bien—. Se iluminó su mente y comprendió, además, que la máquina era él, puesto que no contaba con la capacidad de alcanzar la sabiduría necesaria para responder la última pregunta, porque no es suficiente solo el conocimiento para alcanzar la sabiduría, sino que la sabiduría procede de la experiencia, de la facultad de probar nuevos caminos, aunque los mismos resulten tortuosos. El error es necesario para llegar a la perfección, el error es necesario para llegar a ser «sabio»... y fue todo lo que comprendió —nada más por un segundo—. Se apoyó un momento en el umbral del recinto y decidió —o creyó decidir—, que era hora de iniciar nuevamente el proyecto.

—Esta vez no habrá errores —dijo—. Encontraré la respuesta.

Ingresó otra vez al lugar y comenzó a oprimir los mismos botones que antes. Aquel viejo artefacto tomó vida de nuevo. Tomó un grueso libro con sus manos y leyó nada más el título, tal como había hecho, con el resto:

—«De los errores y sus causas y de como no volver a cometerlos, de cómo no se debe tropezar dos veces con la misma piedra y de cómo aprender de las equivocaciones cometidas – Ensayo – Libro I». ¿Y este ejemplar? —se peguntó—. Nunca había tenido la ocasión de leerlo...

© Federico G. Rudolph, 1999 - 2016.
Este relato forma parte de la obra: El Rendar.


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