El rojo de la espuma

En el fondo del barranco, entre rocas y sangre, el cuerpo desecho de la joven se movía al son de las olas que golpeaban contra la orilla (pobre imitación de la vida que se acababa de escapar). El rojo que huía de las heridas (entremezclado con la espuma), era el mismo que el de los corales que se perdían en el mar.

El grito de su tierno amante, de galera negra y rubios cabellos, se confundió con el de las gaviotas que revoloteaban entre las nubes que acariciaban la cima. El dolor que él sentió, contra todo pronóstico, no fue por ella. Desde lejos, el viejo guardián divisó lo que quiso, más no lo que fue. Luego, intentaría explicarles a los policías lo ocurrido, según sus ojos; mas, no la historia que realmente aconteció. “Sin duda, fue un doble suicidio”, les dijo. “Lo vi tomarse de la cabeza luego de que ella se precipitara al vacío... no pudo soportarlo”, remató.

Una historia jamás contada ocurrió entre ellos. Las palabras de reproche que se dijeron el uno al otro se fueron con la brisa de la tarde. El vigía de aquel recóndito faro, único espectador de tan trágico momento, no entendió que el dolor del muchacho no provenía de su alma, sino que era un dolor físico, eco mortal del cuchillo que le clavara, ella, en su sien un instante antes de ser arrojada hacia su final, impulsado, él, por todo el odio del mundo.

© Federico G. Rudolph, 2014.
Este relato formará parte de la obra: Cuentos poco conocidos Vol. II.


www.000webhost.com