NO SER
«¡Oh, conocedores de la verdad!:
¿Es Dios el que crea al hombre o el hombre el que crea a Dios?
Si Dios creo al hombre a través de un pensamiento,
¿es Dios el que tiene el poder de crear o es el pensamiento el poder en sí mismo?
Si el poder reside en el pensamiento, no hay más nada que discutir.
Si el poder no está en el pensamiento, o bien Dios no tiene poder, o no fuimos creados...
Quizás, ni siquiera existimos...». FGR

El Mal reflejado

Ha llegado la hora. No me queda sino dejar constancia escrita de los hechos y las circunstancias que me llevan a tomar esta decisión tan terrible. La he sopesado profundamente una y otra vez, casi hasta el infinito. No encuentro otra salida más decorosa para acabar, de una vez por todas, con esta situación que a lo largo de estos últimos seis meses se ha tornado completamente insostenible, para mí, y que, de continuar así, me llevaría a arrastrar conmigo a la persona por la que he llegado a sentir el mayor de los afectos, la mayor de las pasiones en esta corta y tortuosa existencia: mi querida y amada Helena.

He temido hablar con mis amigos y allegados sobre este tema que me ha aquejado profundamente durante todo este tiempo para evitar, a toda costa, el que intentaran detenerme —¡de ningún modo, puedo permitírselos!—, sobre todo, en mi caso, habiendo sido yo un personaje público o siéndolo, como lo soy todavía.

En un principio, creí que no existía manera alguna de cambiar mi destino y que, de una u otra forma, me vería precipitado, inexorablemente, hacia los abismos más oscuros en los que un hombre cualquiera puede llegar a caer cuando es presa de sus instintos, arrastrado por aquellos deseos profanos y prohibidos que asolan nuestras almas, y por todo aquello de lo que la sociedad pretende alejarnos, buscando protegernos de sus pecaminosas, nefastas y, no menos, vergonzosas y mezquinas consecuencias.

Antes de relatarles lo sucedido, me veo en la obligación de aclararles que he leído innumerable cantidad de libros y cuanto material ha llegado a mi mano, tratando de buscar otra solución menos dolorosa, pero igualmente efectiva. Nada hallé. Ni siquiera un fragmento, una mención, una metáfora respecto del mal que asecha a mi puerta a toda hora, desde aquella noche en la que lo vi por primera vez reflejado en la ventana de mi habitación —la única de mi casa, que da a la calle y que es parte de la mansión que, como todos ustedes saben, se halla ubicada en el centro de la ciudad, hogar de mi familia paterna desde hace, por lo menos, cuatro o cinco generaciones atrás.

Retornando al hilo de mi historia, debo agregar que recorrí bibliotecas enteras en busca de aquella posible, probable, apetecida, nota que diera con el secreto para acabar con esta iniquidad, producto de lo que, si hoy tuviera que definirlo, pareciera una tontería o incluso una circunstancia completamente inverosímil, como yo mismo creí: un hecho imposible inventado por mi mente —alguna especie de alucinación o fantasía—, un fantasma demoníaco y tangible, hecho de mi propia carne y espíritu.

Al principio, no logré reconocerle a pesar del familiar parecido con un tío por línea materna, muy venido a menos —o eso pensé—, que solía vivir en los barrios bajos de la ciudad, y que hubo perdido toda su fortuna debido a su manía por los juegos de azar. Tío del que no supe más nada desde mi niñez. Cuando aquel personaje se presentó esa primera vez, reflejado en la ventana de mi cuarto —tal como lo dije— tardé un tiempo considerable en comprender que la semejanza que yo le atribuía tenía más de común conmigo mismo que con otros parientes de mi estirpe. En realidad, podría decirse que se trataba de un gemelo mío, un tanto encorvado, enjuto y hasta algo feo, quizás, más bien, deforme y siniestro. Aún así, no dejo de afirmar que se trataba de un simulador, un embaucador, ¡un despiadado imitador!, tratando de hacerse pasar por mí, utilizando su similar aspecto con mi persona para cometer las más atroces fechorías, mancillando mi figura —hasta ahora, intachable. Nada ha tenido que ver con los crímenes perversos

y sádicos que él ha cometido: varios robos de los que he sabido, aborrecibles torturas y más de un cruel asesinato, los cuales se me atribuyen en su conjunto.

Su apariencia de un ser inferior, en figura y presencia, no era, sino otro de sus inefables artificios; sin duda alguna, una forma cínica de burlarse de mí, y de ocultar sus verdaderas intenciones hacia la sociedad. Señalo esto, pues últimamente y, con total desparpajo, se ha hecho pasar por quien les escribe sin notársele ya esa deformidad ni desarreglo alguno, tan característicos suyos y de los que acabo de dejar constancia. Muy por el contrario, en nada se diferencia de mí, ni siquiera en su mirada.

Aparentando lo que no era, se ha reído por completo de aquel al que pretende reemplazar —es decir, de mí—; mientras, bajo la protección de las sombras de la noche, ha desatado, incluso hasta hoy, ¡ya no más!, su furia y malevolencia descontroladas, cargándome con sus crímenes.

La policía está a mi puerta y, antes de que atraviesen el umbral —después de derribarla—, habré de dar fin a mi vida. Intuyo que la existencia de este extraño ser está ligada firmemente a la mía y que la única manera de acabar con sus diabólicos planes es a través de mi propia muerte. Por ello, confío en que comprenderán la razón por la cual he bebido del veneno que habrá de acabar con mis desgracias —impidiendo otras—, el que detendrá esta serie de asaltos y asesinatos sin sentido que asolan a nuestra ciudad en estos fatídicos días, desde hace ya unos meses, tal como he relatado.

Por un momento, consideré la posibilidad de imitar a mi imitador, y de ceder ante los mismos e inmorales actos que él había cometido, como una forma de aceptar mi condena y de poder responsabilizarme por sus fechorías. No pude hacerlo, y sé que él lo supo; de alguna manera, su mente está conectada intrínsecamente a la mía, y es capaz de leer hasta el más profundo de mis pensamientos.

Tal es así que él me invitó una noche para que lo acompañara, a disfrutar, en el intento de violar a una muchacha a la cual llevó con artilugios hasta un hotel cercano, donde había alquilado temporalmente una habitación, mientras yo miraba impávido desde fuera, sin atreverme a ingresar a la escena de semejante maldad. Por supuesto, cuando salí de mi estupor traté de impedírselo. La joven —que no pasaría de los diecinueve años de edad— creyó que yo era su cómplice. En la confusión, la muchacha logró zafarse de su atacante, no sin antes dejarme la marca de sus uñas en la mejilla en su intento por huir de allí. Ella ha sido quien me ha denunciado ante la justicia. Por fortuna, este acontecimiento, me ha servido para descubrir su secreto —el de mi alter ego—: su rostro fue marcado, al igual que el mío.

Al haber descubierto esto, temo que, ahora, su objetivo no sea otro que ocupar cada espacio de mi vida y reemplazarme definitivamente. De no ser así, muero de miedo porque quiera llegar hasta mi amada, hasta mi tesoro más preciado, aprovecharse de ella e infligirle el mayor de los daños, cargándome con sus culpas y responsabilizándome a mí de todos sus actos.

No he de perder tiempo. Mientras espero el inminente desenlace que yo mismo me he procurado, no dejo de pensar por qué no se ha presentado para impedírmelo. ¿Acaso se ha cansado de esta licenciosa existencia? ¿O será que no me ha creído capaz de beber de la pócima que he preparado? ¿Estará el veneno haciendo efecto en su organismo al igual que en el mío? Ya comienzo a sentir como recorre mis venas y como mis músculos comienzan a contraerse y retorcerse. El intenso y agudo dolor en mi vientre que me obliga a arrojarme al suelo y a adoptar una posición casi fetal, sin embargo, me sabe como la miel de los dioses al saber que enviaré a los infiernos al propio Satán... La pluma ha resbalado de mi mano hace rato, y ya comienza a nublárseme la vista. Me cuesta escuchar los golpes de la autoridad contra la puerta y comprender la demanda de los vecinos que comienzan a agolparse al frente de mi vivienda.

—¡Asesino! —claman afuera, cada vez más alto.

Con mi último aliento, y para el desconsuelo y la desesperación de mi alma para toda la eternidad, alcanzo a escuchar una voz conocida, extrañamente conocida —quizás, mi propia voz— que sobresale de entre la multitud, y que enciende, aún más, la furia de la gente agolpada allá fuera, y a mi propia furia agolpada en mi desgarrado, ya casi apagado corazón:

—¡Atrapen al asesino! ¡Que se haga justicia! —sé que grita, dirgiéndose a mí, como una puñalada—. ¡Ha matado, sin piedad, a su prometida!

© Federico G. Rudolph, 2011 - 2016.
Este relato forma parte de la obra: De amores y de locos.