El Despertar

DÍA PRIMERO

Abstraído, contemplaba a sus compañeros realizando, una y otra vez, las mismas tareas de cada día. Sin saber porqué, se preguntó acerca de cuál era el origen de sus hábitos y de sus costumbres. Levantarse, comenzar la jornada de trabajo, sembrar, cosechar y recolectar, alimentarse y descansar, para poder estar listos y dispuestos para el día siguiente era, básicamente, todo lo que hacían, una y otra vez, por generaciones.

Esa mañana comenzó a sospechar que la vida debería ser algo más que aquella sucesión finita y cíclica de actos. De pronto, sintió algo así como calor, y eso fue todo. Aún no estaba listo —ni lo estaba ninguno de su especie—, para poder comprender lo que acababa de ocurrir. Sus primitivos sentidos no pudieron procesar aquella sensación. Al fin y al cabo, él no era más que una pequeña ameba o algo similar. El calor acabó con todos los de su especie y con muchas especies más.

DÍA SEGUNDO

Otro día, otro despertar, otro individuo, otra especie. Algo llamó su atención y se le ocurrió pensar por primera vez. Meditó acerca de su origen, de su naturaleza. Con ello, se sintió fuerte y absolutamente más poderoso que cualquier otro de los suyos. Entendió que la posición de sus ojos y de su mirada eran lo que definitivamente le permitía a él y a otros como él subyugar a los más débiles. Sintió que era mejor ser un cazador, antes que una presa. Mientras meditaba en ello elevó su mirada hacia el cielo —algo había llamado su atención—. Extendió su cola para mantener erguidos y en equilibrio sus tres metros de altura, contrajo sus filosas garras y tuvo un presentimiento. Pero no tuvo el suficiente intelecto ni la experiencia, para siquiera imaginar el significado de aquella luz en lo alto de la bóveda celeste. La luz atravesó la atmósfera y, en segundos, el cielo se volvió de un rojo intenso; después, anaranjado; luego, amarillo; hasta llegar al blanco más blanco que podía existir. Su imagen, al igual que

la de cientos de miles de ellos, quedó como estampada en la roca donde proyectaba su sombra, mientras que su cuerpo se desvanecía rápidamente. Una total oscuridad siguió a la luz por mucho tiempo.

DÍA TERCERO

Aquella mañana el tubo apuntaba a lo alto, hacia un punto casi vació del espacio. Casi, porque solo existía en él un único y pequeño objeto escasamente visible desplazándose en aquel cuadrante estelar, ocupando, algo así como, una un mil millonésima aba parte de todo el conjunto. Y, sin embargo, el ser al otro extremo del tubo se veía preocupado. Fue entonces cuando pensó. Pero este ser era muy distinto de los anteriores, porque su intelecto ya se había desarrollado para ese momento, y el pensamiento era algo que él ejercitaba cotidianamente. Aunque, ese día, sus preguntas llegaron más lejos que cualquier otra pregunta acerca del porqué de su esencia, de la causa de su origen y de su destino. Y, al hacerlo, se sintió un tanto seguro, aun cuando sabía que nada ni nadie podría detener aquel trágico objeto, esa masa de apenas unos pocos kilómetros de largo que pronto acabaría con todo lo que él, y los que eran como él, conocían.

Faltaba poco, apenas un par de semanas para el encuentro, el inevitable encuentro. Pero aún no había ocurrido ni un disturbio ni un motín siquiera, a pesar de que algunos lo habían vaticinado, de hacerse pública la noticia. Pero no, todo el mundo siguió con sus cosas, con sus quehaceres, con sus ocupaciones y preocupaciones, siempre menores comparadas con aquel acontecimiento.

No hubo tiempo, no hubo iluminación ni conclusión ni razonamiento alguno que pudiera responder a la pregunta que aquel último ser había lanzado al aire sobre la causa, el origen y el destino. El objeto llegó al punto donde su órbita se unía con la órbita del planeta. El impacto se produjo en el centro del océano más grande conocido. La explosión inmensa y la ola gigantesca barrieron con todo.

DÍA CUARTO

El sol despuntaba en el horizonte. Hacía cuatro días que habían descendido de sus naves. Las tareas de exploración y reconocimiento estaban en su punto cumbre. Faltaba poco para saber si aquel suelo era el apropiado o no para sus fines. El pequeño laboratorio-barreno portátil tomó tres muestras conforme a cada etapa de evolución detectada antes de su llegada: quinientos metros, doscientos metros, treinta metros. Los resultados comenzaron a surgir.

—Exacto como esperábamos —les comunicó el principal de la misión a sus superiores—. Los niveles de radiación y los compuestos encontrados confirman tres encuentros. El último de ellos, hace sesenta millones de años, y los anteriores a iguales períodos: ciento veinte y ciento ochenta millones de años. Las excavaciones nos proveerán de mayor información.

En el extremo opuesto del planeta un grupo de geólogos-arqueólogos desenterraron, casi al mismo tiempo y, gracias a la ubicación detectada en las imágenes infrarrojas, lo que parecía ser un hábitat de la última especie que camino sobre aquella superficie. Las enormes construcciones, que salían a la luz —petrificadas por el paso de las eras geológicas—, dejaban entrever apenas una débil imagen de lo que podría haber llegado a ser aquella civilización, suponiendo que el choque no hubiera ocurrido. Las estructuras, cercanas a los ochocientos metros de altura, mostraban un poco el grado de avance tecnológico alcanzado por los últimos moradores de ese planeta. Posteriormente, los actuales exploradores harían un análisis exhaustivo para descubrir la composición de los materiales y aleaciones utilizados, a pesar de que el noventa y nueve por ciento de sus hallazgos no eran más que leves trazos que recordaban a los antiguos habitantes de ese mundo.

Por su parte, el primer grupo había analizado los diversos estratos de cada etapa de vida del planeta y había encontrado lo que podían llegar a identificarse como seres unicelulares, pequeños organismos pluricelulares y distintos fósiles de cada período evolutivo. Lo más singular estaba constituido por los estratos más primitivos, los cuales mostraban formaciones calcáreas con formas de espirales, estrelladas, cónicas, etcétera. Bellas esculturas naturales, propias de aquel museo flotante, abandonado en medio del espacio estelar.

Tomaría algún tiempo determinar cada escalón y eslabón en la cadena de la vida de aquel mundo mutilado de sueños y esperanzas a raíz de la llegada del último visitante. Ahora, aquello era solo un paraíso por poco yermo, con escasa vida —al parecer vegetal—, representada por organismos fotosensibles que lograron sobrevivir, milagrosa y misteriosamente, y por uno o dos géneros de especies aeróbicas y, otro tanto, de otras especies un poco más avanzadas multiplicándose y adaptándose lentamente. Un típico ecosistema cerrado, con un limitado proceso evolutivo. Cada ser dependiendo del otro, tratando de ahorrar y distribuir el alimento justo y necesario a cada integrante de aquella pequeña gran familia. Cualquier cambio en las condiciones climáticas, o del entorno en el que se hallaban, o un mayor o menor crecimiento de la población, podían llevar a la extinción completa de todo ser viviente de aquel lejano páramo de ese sistema solar. La vida en aquel planeta funcionaba como un reloj que marcaba la hora justa. Un

atraso o un adelanto en su ritmo significarían la fatalidad misma para ese conglomerado de seres, triste recordatorio de lo que allí, alguna vez, existió.

—Los resultados finales acaban de llegar —indicó, el principal de la misión, presente en la conferencia que se realizaba en ese momento en la nave madre—. Las condiciones climáticas, como todos sabemos, son óptimas, aunque la humedad será un problema al principio. Acerca del lugar de asentamiento, ya ha sido ubicado, lejos de la cordillera central y, por lo tanto, de cualquier movimiento sísmico. El tercer equipo comenzará en una semana la construcción del escudo. Creemos contar con tiempo suficiente, para evitar la próxima colisión: hemos detectado un cometa con una órbita elíptica y un plano de inclinación de dos grados con respecto a la de este planeta. El choque está previsto para dentro de seiscientos cuarenta y tres años, quince días, dos horas y algunos minutos, según nuestros cálculos, con un margen de error del 0,03 %.

—Gracias por su introducción, principal —señaló el segundo al mando—. Como es del conocimiento de todos ustedes, el escudo consiste en un conjunto de setenta y nueve rotadores gravitacionales ubicados en la órbita del cometa que se encargaran de ir, para que se entienda, «desmenuzándolo» poco a poco cada vez que pase por las coordenadas de emplazamiento seleccionadas. El conjunto de estos rotadores actuará como un «picador de carne gigante». Como sabrán, es el único medio del que disponemos para impedir, o al menos disminuir, los efectos de la colisión. La órbita del cometa es de trescientos años, por lo que se han seleccionado cinco puntos para la ubicación de los rotadores. Calculamos que el cuarto y quinto equipos estarán aquí en menos de dos semanas con todo el material necesario para comenzar la construcción.

Un integrante del equipo de exploradores, sentado a la derecha de la puerta de la sala de conferencias, meditó un momento acerca del origen de su especie, su causa y el destino de la misma, y se sintió seguro de saber que los suyos tenían esperanzas, porque al fin y al cabo ellos sí sabían cuándo llegaría el próximo cometa y como detenerlo a tiempo. Su estancia en esta nueva morada estaba asegurada. Pensó y se imaginó lo que hubiera ocurrido si no hubieran desarrollado a tiempo aquella tecnología, y si aquel objeto que viera ingresar a la atmósfera de su lejano hogar hacía ya treinta años, en lugar de incendiarse en miles de fuegos artificiales, no hubiera sido detenido ni desarmado a tiempo.

«Eso», pensó, «hubiera acabado con nuestra especie tal como la conocemos y con nuestro preciado planeta. Nosotros seríamos los fósiles, ahora. Y, quizá, los habitantes de este planeta o de algún otro planeta serían quiénes se estarían preguntando acerca de nuestras creencias, sobre nuestro aspecto, o sobre lo mismo que nos preguntamos nosotros acerca de ellos».

Aquel que había hablado en segundo lugar en la reunión despertó a este personaje de su ensueño, dirigiéndose a él con los últimos informes:

—Teniente, disculpe que lo moleste, pero tengo noticias y alguno que otro saludo de su esposa. El mensaje acaba de llegar hace cinco minutos, desde la Tierra...

© Federico G. Rudolph, 1999 - 2016.
Este relato forma parte de la obra: El Rendar.


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