El Átomo

UNO

La insignificancia de su ser alternaba con la increíble velocidad de sus movimientos; por eso y, solo por eso, decidimos llamarlo Átomo. Desconocíamos cómo, cuándo o quiénes lo habían inventado, pero pensamos que no podía ser sino una máquina. Semejaba un diamante formado por noventa y nueve facetas, todas de distintos colores (lo que nos hizo sonreír). Su mecánica era mucho más compleja que la nuestra, aunque no dejábamos de parecernos.

Nos intrigaba saber cuál sería su propósito.

DOS

Cinco días después de presentar nuestras teorías observamos que el Átomo se había auto-replicado. Ahora, sumaban cien de ellos. Sonreímos por segunda vez: al estudiarlos a todos individualmente, descubrimos que el átomo original (no era muy difícil de distinguir) había fallado en su labor, y no había sido, siquiera, capaz de crear dos copias iguales a sí mismo.

Algunas hipótesis, acerca de cómo y por qué el primer átomo había podido realizar tal maravillosa proeza, comenzaron a surgir entre nosotros.

TRES

Cinco semanas más tarde tuvo lugar un nuevo acontecimiento, cada uno de los átomos se había vuelto a reproducir a sí mismo una cierta cantidad de veces. Incluyendo al primero, contamos más de nueve mil. Volvimos a sonreír: las nuevas copias eran aún más imperfectas que las primeras. Si nuestro creador nos hubiera dotado de la sabiduría necesaria, ajena a nuestros ojos e instrumentos, hubiéramos podido comprender, por entonces, la razón de aquel descubrimiento.

Lo que hoy sabemos es que, además de nosotros (servidores de la clase A, grupo Centuria B577, construidos de las mejores aleaciones metálicas y duraderas) existen otros seres, no tan perfectos ni longevos, a los que hemos denominado «vivos», cuya necesidad primordial, una vez que su maquinaria comienza a funcionar, es la de multiplicarse y diferenciarse mientras se dedican a ejecutar incomprensibles movimientos para detenerse por completo al cabo de un determinado tiempo (por alguna extraña razón, llegó un momento en que la primera máquina comenzó a funcionar cada vez más lentamente, hasta apagarse por completo).

Aprendimos, también, que estos seres investigan y observan su entorno al igual que nosotros lo hacemos, y entendimos que nuestro tiempo había llegado a su fin, y que pronto seríamos reemplazados por ellos.

Pero eso no nos importaba.

CUATRO

Al cabo de otras cinco semanas fuimos testigos de un nuevo fenómeno no menos sorprendente. Sonreímos una vez más: otra máquina, para nada perfecta, a la que decidimos llamarle Molécula, se había formada a partir de la unión de las primeras noventa y nueve replicas del átomo original (el cual no había podido sobrevivir); los átomos restantes repitieron el proceso, creando otras tantas e imperfectas moléculas (como intuyendo que, de no hacerlo, su propio fin estaría cerca).

Teníamos la certeza de que las teorías que desarrollaríamos acerca de la Molécula serían mucho más acertadas que las que habíamos podido formular respecto del Átomo.

Ahora... no estamos tan seguros...

Han pasado cinco meses e, inexplicablemente, todas las moléculas se han unido entre sí y se han vuelto a multiplicar... en miles.

(c) Federico G. Rudolph, 1999 - 2016

© Federico G. Rudolph, 1999 - 2016.
Este relato forma parte de la obra: El Rendar.