«...y un juez terrible juzgará a los suyos.»
Profecías de san Malaquías [1595].

Demiurgo

Emanado de aquel que descansa en el trono eterno, Abadón tomó forma y descendió a la tierra. Por largo tiempo, deambuló por las ciudades, por los campos, por los desiertos... observando cada ser, cada piedra, cada gota de agua. Y, cuando tuvo discernimiento de todo lo creado, se hizo presente ante el espíritu de Dios quien sopesó los actos de los seres animados e inanimados, pero el Juez no dictó sentencia, y Abadón descendió por segunda vez a la tierra.

Y he aquí que el ángel de la muerte hizo sonar las siete trompetas, y una lluvia de langostas ennegreció los cielos a la espera de la divina señal. Los hombres se postraron ante la Verdad revelada, y el nombre de Dios se escuchó en cada una de las esquinas de la tierra; y su nombre era Caos y era, también, Desolación. El Constructor del Mundo no estaba a gusto con lo que el ángel de la muerte le había enseñado: su nombre había sido olvidado y la Devoración ocupaba el lugar de Dios.

Desde el más grande hasta el más pequeño, todos, incluso los seres inanimados, devoraban a los indefensos: los volcanes regurgitaban la tierra que consumían como alimento; los huracanes tragaban playas enteras, barcos y peces a su paso; al temblar, la tierra trituraba árboles, animales, personas y viviendas; nadie ni nada se salvaba de devorar o de ser devorado. Y fue entonces que Dios renegó de su creación.

Pero aquel, el que había sido nombrado por la voz de las trompetas, también esperaba una señal antes de juzgar a los seres desterrados del paraíso antes de dictar su sentencia. Y he aquí que no encontró señal alguna que impidiera su juicio. Con gran pesar, la tierra sería destruida por el ángel de la muerte, y todos los seres en ella serían olvidados, como olvidado fue el nombre de Dios.

Y Dios le ordenó a Abadón que las langostas devoraran la carne de los hombres, y la de los animales de todas las especies, y le dijo que hiciera sonar la última trompeta para que, con su voz, el mar tragara lo seco, y para que la tierra fuera tragada por sí misma y devuelta a la nada de la cual había surgido.

El ángel de la muerte escuchó en silencio, y repasó uno a uno los actos que había observado en la tierra, y sopesó muy bien el juicio de Dios antes de enviar a sus langostas, y reflexionó sobre todas estas cosas durante un tiempo y tiempos y la mitad de un tiempo. Al cabo de lo cual, Abadón devoró al Creador.

© Federico G. Rudolph, 2016.
Este relato forma parte de la obra: De Ángeles, desde la Edición 2016.