Armagedón

Despedido de una grieta que se abrió en el cielo, fue a caer de rodillas en el descampado. Algo confundido por el impacto, trató de orientarse. La herida en lo alto de la bóveda celeste se cerró así como había aparecido. El ángel alzó las cejas y asintió con la cabeza, como acepando alguna secreta misión, quizás por lo cual había caído allí. Se puso de pie y tomó la huella que atravesaba aquella loma. A su paso, acariciaba los pastizales. Pequeñas matas de verbena crecían a la orilla del camino. Algunos árboles cortaban la soledad. Un bello paisaje el cual no parecía tener tiempo de admirar.

Cerca de allí, un hombre salió de un rancho y se sentó en un rústico banco de algarrobo. El silbar de una pava rompió el silencio de la mañana. Detrás de la casa, las gallinas coqueteaban entre ellas; a los costados del rancho, pastaba alguna que otra oveja; en un corral, una yegua mascaba maíz de un cuenco y, cada tanto, bebía agua de un tronco ahuecado a propósito para ello; en otro corral, una vaca vieja descansaba sobre la tierra gastada, esperando ser ordeñada.

Al rato, el paisano divisó al ángel y lo siguió con la mirada. Una mujer se asomó por la puerta, un increíble aroma se escapó de la cocina, ella cargaba una fuente enlozada con tortafritas calientes, recién hechas. Apoyó la fuente en la base de un tronco que hacía las veces de mesita y entró y salió un par de veces de la casa; primero, con el mate, la yerba, el azúcar y una cuchara; después con la pava; por último, la mujer se sentó junto al hombre y le cebó el primer dulce de la mañana. Por la cara que puso, el viejo se había quemado los labios o quizás la garganta, pero al parecer no le importaba demasiado, siguió chupando de la bombilla hasta que se escuchó el característico ruido que indicaba el final de su turno.

El hombre cedió el mate, la mujer lo recibió y se cebó uno para ella misma. Ambos observaban detenidamente al extraño que se acercaba. El desayuno se desarrollaba en silencio. Poco a poco, pudieron distinguir mejor su figura: aparentaba ser un hombre alto, muy alto. Probablemente, el ángel ocultaba a propósito su verdadera forma pues, de mostrarse como realmente era, aquellos viejos perderían la vista, amén de que el miedo que les pudiera provocar la situación arruinaría, quizás, el objetivo de su presencia allí, ya que se dice que nadie es digno de ver a los seres elevados tal y como son, aunque los viejos no estaban al tanto de nada.

Por fin, el ángel llegó a la casa. El viejo no tardó en saludarlo:

—¡Ave María purísima! —le dijo.

—Sin pecado concebida —respondió el ángel.

—¿Y que lo trae por acá? —le preguntó el viejo, luego de que el extraño cerrara la vieja fórmula de cortesía.

—Vengo a traerle algunas noticias a una persona que, entiendo, vive por aquí.

—¿Un mate? —intervino la mujer.

—Sí, le agradezco —contestó el recién llegado. Seguramente, sabía que rechazar la invitación atraería la desconfianza de la pareja.

La mujer le alcanzó el mate recién cebado y le ofreció tortafritas. El ángel no puedo decir que no. El silencio anteriormente interrumpido se estiró hasta que se escuchó el ruido que hacía la bombilla siendo aspirada contra el fondo vació del mate. El paisano retomó la conversación donde la habían dejado.

—Me contaba que viene a traer un mensaje. Y, ¿a quién busca, entonces? Por ahí es alguien que conozcamos. Si es así, nos dice y le indicamos el camino: usted no es de por aquí, ¿no es así?

—Vengo de muy lejos, sí. Estoy buscando a un tal Pedro César Ferreyra, un cura que abandonó los hábitos hace un tiempo. No creo que sea difícil encontrarlo. Me dijeron que vivía por aquí.

—Don Pedro... sí, mire usted, tiene que seguir derecho, derecho hasta la otra loma y bajar hasta que vea unos sauces, donde nacen la vertiente y el arroyo. Tenga cuidado porque se pone pantanoso en esta época. Si sigue bajando, va a ver que el arroyo se ensancha. Si sigue dos leguas más, siempre por el arroyo, ahí está el rancho de Don Pedro. No tiene como perderse, sino se vuelve, y lo acompaño.

—No creo que haga falta, buen hombre. Gracias por el mate —respondió el ángel al tiempo que le devolvía el cuenco vacío a la mujer y continuaba su camino.

—Buenos días, y que Dios lo acompañe —se despidió el paisano. La mujer lo saludó, también. Los viejos se quedaron de nuevo en silencio, disfrutando de las tortafritas, de los mates y de la mañana.

Al ángel no le costó encontrar el otro rancho. Cuando lo hubo divisado se detuvo como a unos cien metros de él. Era difícil entender por qué el ángel no había descendido directamente allí ni por qué tenía necesidad de tal búsqueda. Quizá ello tuviera alguna explicación más tarde, pero, por ahora, era un misterio. El ángel miró furtivamente hacia todos lados antes de continuar, como si temiera ser presa de una trampa. Desaceleró el paso y no dejó de observarlo todo cada vez que avanzaba. Se percibía algo más que preocupación en su andar, parecía que tenía algo de miedo, lo cual era extraño para un ser de semejante naturaleza.

Cuando se acercó lo suficiente, la puerta del rancho se abrió de golpe. Un hombre, armado con una escopeta de dos caños, apareció apuntándole para decirle que no era, para nada, bienvenido. No había titubeo en su voz, encañonó al ángel y puso su dedo en uno de los gatillos. La advertencia era muy clara. El ángel levantó las manos y le pidió hablar. El hombre se negó y le repitió que se marchara del lugar.

—Déjeme que le diga un par de palabras —le soltó el ángel.

—¡Fuera de aquí! Se muy bien quien eres y lo que quieres. No te lo voy a volver a advertir. Vete o disparo.

—Sé que mi presencia aquí no es bienvenida, Don Pedro. Sin embrago, le pido que revea la situación, no por mí, hay una necesidad imperiosa que solo usted puede atender y... —le contestó el ángel, ignorando la advertencia.

—No estoy interesado —le dijo el hombre, sin dejarlo terminar de hablar.

—...pero...

—Nada de peros. Ustedes y sus necesidades. A otro perro con ese hueso. Ya mucho he hecho por ustedes y en cada oportunidad me han engañado, me han traicionado. ¡Ja! Apariciones como esta ya no me provocan nada, y me tiene muy sin cuidado lo que quieren. Son unos pretenciosos, unos arrogantes: ustedes y Dios. Por mí, se pueden ir al diablo a pedirle ayuda. Puede que él los atienda, en cuanto a mí...

—Por favor, padre. Hágalo por lo que más quiera. Entiendo su rencor y sé que es justificado, no vengo a quitarle ese derecho que usted tiene, pero las circunstancias me obligan a pedirle que me acompañe.

—Ni lo sueñes. He caído demasiadas veces en esa treta y, la verdad, ya estoy viejo para hacerlo de nuevo. Ya te dije que no eres bienvenido aquí, ni tú ni ninguno de los tuyos.

—Por última vez, déjeme enseñarle de que se trata.

Sin esperar respuesta, unas escenas fantasmagóricas se reprodujeron en el aire. Fuego, muerte, humo, niños muy sucios bañados en sangre y llorando desconsolados, mujeres violadas, la guerra, una nueva peste, sacerdotes cristianos torturados y crucificados en las calles, Roma en llamas, el Papa que huía descalzo y con ropas arapientas por calles destrozadas por las bombas, el cielo que se volvía negro de nubes, rayos descomunales que salían de ellas y que destrozaban edificios y personas a su paso, terremotos, maremotos, huracanes, el fin del mundo... y de entre las nubes, ángeles negros que surgían por miles, armados con espadas, mostrándose tal cual eran, cegando a todo aquel que osara posar sus ojos sobre ellos... el infierno escapado del cielo. Y, desde lo más profundo de aquellas nubes, una voz portentosa que juzgaba a los vivos y a los muertos. Una voz como de miles de trompetas sonando en lo alto...

—¡Ya basta! —Gritó el cura—. ¿Qué crees que haces trayéndome estas imágenes? Te odio, a ti y a tu dios. ¿Creen que yo puedo detener todo esto? ¿Acaso tu creador no es lo suficientemente poderoso como para impedir el Armagedón? ¿O es que él mismo es el Armagedón?

—¡Blasfemo! ¡Debería castigarte por hablar así! Solo he venido a mostrarte lo que ocurrirá si no te presentas ante él. El último día está cerca y tú eres el único que puede cambiar eso.

—¿Sí! ¿Cómo? ¿Otra misión de paz para el cura? ¿Otro cordero sacrificado para aplacar el egocentrismo de tu dios? ¿Cómo puedo, yo, impedir semejante catástrofe? ¿Acaso, no ves que no soy más que un hombre? Que tu padre se busque a otro chivo para expiar sus propios pecados.

—¡Te lo ruego! No hagas que te muestre mi rostro, no me hagas llevarte a las rastras, hazlo por tu propia voluntad. Muchos necesitan ser salvados.

—¡Muchos como tú!, querrás decir. Porque en cuanto a lo que a los humanos respecta, a ustedes les da lo mismo que se salven o que sean condenados. Títeres en manos de titiriteros crueles y despiadados. Rebájense ustedes a nuestro nivel. Sálvalos tú, si eso es lo que en verdad deseas.

—Has visto la plaga, has visto la muerte, has visto el cielo convertido en infierno... ¿Cómo es posible que nada de esto te conmueva, cura?

—Ya he impedido cosas como estas antes, y siempre lo mismo. Cada vez que tu dios duda de su creación, cada vez que duda de nosotros crea un nuevo plan para destruirnos, para acabarnos, cargando en nosotros sus propios errores. ¡Es él quien nos ha creado a imagen y semejanza suya! ¿Y tú quieres que seamos menos que él? ¿Que cambiemos nuestra naturaleza? ¿Por qué no cambias tu la tuya, mensajero? Pues no eres más que eso. ¿Hablas de voluntad? ¿Que sabe un ángel sobre la voluntad? Si la única que conocen es la de su dios, su único dios, su única voluntad. ¿No te has dado cuenta a esta alturas que es una voluntad que va cambiando, que es la voluntad de un ególatra desquiciado la que sigues? Yo, en cambio, a diferencia tuya puedo elegir. Y elijo no ayudarte. Vete de aquí.

—Entonces, que esa sea tu voluntad. Serás condenado junto con el resto, si eso es lo que quieres. Yo tan solo quería salvarlos, pero no puedo hacerlo por mi mismo. Como tú dices, no tengo voluntad más que para transmitir aquello que siento, aquello que pienso. Es la única libertad que me fue concedida. Por eso he venido a verte, por eso te lo estoy pidiendo.

—¿Tienes la intención de oponerte a tu padre? En pensamiento, al menos, es lo que haces. Ya sabes como termina eso, ¿cierto? Pregúntale a tus hermanos, ellos sabrán contarte muy bien lo que es pensar distinto de lo que lo hace el creador. Serás otro caído, para desgracia de tus hermanos. ¡Pobre ser sin voluntad que se ha atrevido a tener una!

—¡¿Te burlas de mí, cura?! Yo no caeré en desgracia. Él mismo me ha dado la libertad de pensar por mi cuenta y de diferir con lo que él piensa, por eso te he buscado, por eso él me ha pedido que te lleve ante su presencia, para escuchar nuestros corazones.

—¿Y crees que a él le hace falta eso? ¿Acaso no lo crees omnisciente? Otro pecado que cometes: descreer de Dios. Según sé, el lo ve y lo escucha todo, incluso esta conversación que estamos teniendo, incluso tus pensamientos y los míos. Es lo mismo que vaya o no. Aunque prefiero no seguirte. ¿Qué sentido tendría? ¿Qué cambio podría significar? Siempre dirá que su sabiduría es más grande que la de toda la humanidad junta, más grande que la suma de la sabiduría de todos los demás seres concientes, en fin. Se saldrá con la suya y tú y yo seremos humillados. ¿No te das cuenta de que eso es lo que busca?

—No, él me ha prometido otra cosa. Su palabra es sagrada, sus promesas son sagradas. Dios no puede pecar, no puede engañar, no puede traicionar a sus seres amados...

—Si es así, un dios muy incapaz el tuyo, ¿no es así?. Dime, ¿qué otras cosas no puede hacer el todopoderoso, ángel, dime?

—Perdón por lo que sientes. Tu odio es muy grande, cura. Has sido cegado por ese odio, y por él te niegas a ver. No quería llegar a esto. No me dejas alternativa. Dime, tú, lo que ves.

El ángel desplegó sus alas y elevó un poco el brillo de su ser, para que aquel hombre pudiera verlo un poco como era en realidad. La luz que emanaba de su cuerpo encandiló al cura por unos instantes. El hombre se cubrió la cara. Detrás de su mano vio las alas, unas alas ennegrecidas, cubiertas de llagas sangrantes. Como intuyendo otra cosa, miró el rostro de aquel ser y descubrió un terrible sufrimiento, un gran dolor, físico, anímico, espiritual.

—¿¡Qué es esto, ángel!? ¿Pretendes engañarme? Tú eres uno de los caídos, ¿y vienes hacia mí en nombre de otro? ¿Qué está ocurriendo aquí? Habla o disparo.

—¿Caído, dices? Aquello que viste se está haciendo realidad, la ira de Dios está arrancando toda bondad del cielo, sus huestes se están preparando para la destrucción del hombre y del mundo. La ira de Dios, reflejada en nuestra piel, en nuestras alas, en nuestros rostros. No queda tiempo, cura. Por estas heridas, le he pedido a él una última oportunidad para ustedes, sí, porque no deja de ser una oportunidad para nosotros. ¿Qué será de los ángeles cuando el último de los hombres desaparezca de la tierra? ¿Qué será de nosotros, que solo estamos para cumplir su voluntad, una voluntad dirigida hacia ustedes, por la cual nos ignora muchas veces? Tú has sido testigo de otras calamidades, de las cuales los demás hombres nunca supieron. Tú has contribuido a detenerlas, en ese libre albedrío reside tu fuerza, una fuerza que pocos han llegado a dominar. Hoy solo quedas tú. Otro ángel ha sido enviado a detenerte, tiene órdenes de matarte, pero yo me he adelantado, le he pedido llevarte ante su presencia. Juntos podemos detener el fin del mundo, o puedes quedarte aquí esperando la muerte antes de que ella venga por el resto de los hombres. Sí, no verás el fin del mundo, al menos, tendrás ese alivio. ¿Qué decides, cura?

—Dos infiernos: uno arriba y otro abajo. Y en medio de ellos, los hombres. Nunca hemos entendido la voluntad de tu dios, ángel. Ningún ser humano lo ha logrado, jamás. Vienes de incógnito y eso me preocupa. ¿Sabes? Iré contigo, no puedo callar lo que siento. Mi odio es insignificante ante la ira que me provoca lo que planea tu creador. Le haré saber lo que pienso y, si hace falta, perecerá conmigo antes de que pueda desatar otro mal.

Sin decir más, el ángel dibujó un círculo en el aire y una grieta se abrió en el cielo. Tomó al cura de la mano y se lo llevó con él. Cuando la atravesaron, se cerró como la anterior. Otro ángel apareció en dirección al rancho del cura —su asesino, seguramente—, pero volvió tras sus pasos al encontrarlo vacío.

En un espacio sin tiempo, el ángel y el cura se presentaron ante Dios. Para el cura, tardaron años en llegar hasta él, para el ángel, fue solo un instante. Un ser sin forma, de pura luz, los recibió con una voz profunda y amenazadora. Al cura no le gustó esto último y habló primero:

—¿A qué viene tu miedo, Dios? ¿Dónde está tu amor? ¿Así recibes a tu hijo, a aquel que tanto ha hecho por ti? ¿Olvidas acaso las misas, los sermones de los domingos, cada palabra que pronuncié en defensa de tu nombre, cuando estaba convencido de que debía ser así? Te he sido fiel hasta el cansancio, hasta que supe la verdad sobre ti. No te temo, ¿sabes? Eres tan imperfecto como cualquiera de nosotros. Vamos al grano, deja las amenazas para aquellos que no saben nada de ti.

—Padre, perdona su arrogancia —intercedió el ángel—. Su odio hacia ti es muy grande, pero su amor hacia el hombre es infinito. Escúchalo, Padre. No lo juzgues aún.

—¡Oh, ángel! Me conmueve tu actitud —habló la voz de Dios—. Si yo mismo los he llamado, si yo mismo les he dado la libertad de hablar. No temas, hijo mío, él no será castigado por sus palabras. Habla pues, cura. ¿Qué tienes para decir en defensa del hombre? De este juicio saldrá el castigo final o el perdón a todos sus pecados. Por eso has sido traído hasta aquí a pedido de este ángel, quien cree que debo darles la oportunidad.

—¡Ja! Arrogancia, eso es todo lo que eres. ¿Me haces responsable del destino de miles de millones de almas? Si esto es un juicio, ¿dónde están los otros testigos? ¿Tú eres, a la vez, juez y parte? ¿Qué pretendes juzgar? ¿El resultado de tus decisiones? El hombre no es otra cosa más que eso, y si alguien debería ser juzgado, ese eres tú.

—El hombre es libre de hacer y deshacer. Cada uno de mis hijos decide, pues, por sí mismo. Nada tengo que ver con eso. Dame una razón para evitar su final.

—¿Cuánto te ha llevado crearnos? ¿Acaso un día? ¿Y me pides que te de una respuesta instantánea que, de todos modos, no aceptarás? Dime, Dios, ¿qué será de los inocentes, de aquellos que glorifican tu nombre y solo tienen buenas acciones para con su prójimo? Pregúntale al ángel qué es lo vio antes de llegar a mi casa. ¿Crees tú, ángel, que los dos viejos que viven cerca de mi rancho merecen el castigo eterno? ¿Son ellos culpables de las desgracias de los demás? ¿Por qué deben pagar estas dos personas, y otras tantas como ellos, el odio que tiene Dios hacia su creación? Una creación que aborrece por ser tan igual a él. ¿Has visto pecado alguno en esas dos personas que conociste hoy, ángel?

—No —contestó el ángel—. Claro que no. Y eso me lleva a preguntarte, Padre, por qué deben pagar justos por pecadores. ¿Es esa tu voluntad? ¿Cómo puede ser posible semejante cosa? ¿Tu amor no debería salvarlos?

—Oh, mi niño, su muerte será su salvación. Destruiré al hombre y pondré en su lugar otra criatura que sepa como cuidar de la tierra que habré de heredarles. Demasiado ha durado la desobediencia de los hombres, demasiado daño se han hecho entre ellos. Aún cuando librara de la muerte a los pocos que no han pecado a mi vista, estos engendrarían hijos terribles y se repetiría su suerte. Ya ha ocurrido otras veces. Ninguna peste ha sido capaz de contener al hombre —dijo Dios.

—Ya lo ves, ángel, este juicio es un burla.

—¡Padre, salva a los justos! Debes hacerlo, Padre —pidió el ángel.

—No. El juicio ha concluido.

—Te lo dije, ángel, te dije que nuestras palabras no cambiarían nada.

—Padre, eso no fue lo que prometiste, ¿cómo has podido romper tu palabra? Él te ha traído una razón más que suficiente. La muerte de los inocentes, sin su consentimiento, no es salvación, es un castigo.

—Vuelve a la tierra con el cura, ángel. Tu dios ha hablado: el fin de los tiempos está cerca —cerró Dios.

Por su rostro, era evidente que el ángel no podía aceptar aquella sentencia de muerte. Por ello, habló por última vez:

—No, Padre. El cura tiene razón, tu voluntad es cambiante, ya no puedo confiar más en ella. Has roto tu promesa. ¿Qué será de mí si mañana no aceptas que sea libre de hablar? Me juzgarás, sin duda, y dirás que no soy merecedor de tu amor.

—Calla, ángel, cumple lo que ordeno o...

—¿O qué, Dios? ¿Castigarás al ángel por oponerse a tu injusticia? —intervino el cura.

—Tu tiempo de hablar ha terminado, cura. Mi sentencia ha sido dictada.

—No. Tu juicio ha sido nublado. Ya no eres digno, Padre —el ángel se revelaba ante la decisión que extinguiría al hombre—. Tu amor ya no es infinito. Yo te juzgo a ti.

En ese mismo momento, Dios fue arrojado a los abismos del infierno, un dios caído por su propia arrogancia, cuando el odio hacia su propia creación fue más fuerte que su amor por ella. En ese mismo momento, el ángel ocupó el lugar de Dios, un ángel sin nombre, esencia del ser que acababa de ser desterrado del cielo para siempre. Un ángel que creía en el perdón y en el amor eternos, que con sus palabras había salvado a la humanidad. En ese mismo momento, los demás ángeles, arcángeles, potestades, etc. tomaron conciencia del cambio que se había producido en el cielo y en la tierra y adoraron a su hermano como su nuevo dios. En ese mismo momento, los ángeles abandonaron su misión de destrucción. En ese mismo momento, los ángeles dejaron de sufrir y sus alas volvieron a ser blancas como antes.

El cura fue testigo de todo ello y cambió su odio hacia Dios por una lealtad naciente hacia el ángel que lo reemplazaría de allí en más. Desde aquel día, el ángel tomó al cura por su consejero y le prometió vida eterna para ello. El cura aceptó, siempre que el ángel le permitiera hablar a cualquier ser y que se dejara cuestionar por otros. El ángel aceptó, por supuesto. El juicio final llegó, de todas formas, pero no a través de la destrucción: cada ser juzgado por Dios recibió una nueva sentencia, algunos seguirían desterrados en el infierno, otros serían perdonados por pecados que el ángel no juzgó tan mortales...

Desde entonces, un ángel gobierna en el cielo y un cura difunde su palabra a los demás hombres. El ángel se hizo ver, proclamando su amor, para que todos supieran de él. Así fue como los hombres dejaron de creer y conocieron la verdad. A través de la única religión verdadera, innegable, difundida en todos los rincones de la tierra, así fue como llegó la paz y se terminaron las guerras. Cayeron aquellos que proclamaban la muerte, la hambruna y la pobreza entre los hombres.

Y los justos se hicieron de la tierra.

© Federico G. Rudolph, 2016.
Este relato forma parte de la obra: De Ángeles, desde la Edición 2016.


www.000webhost.com