Ángel nuevo

El fogonazo salió de la nada, un instante después se escuchó el disparo. Un rictus de dolor asomó en su rostro y cayó exánime: estaba muerto.

Cuando le abandonó el miedo, abrió sus ojos y se vio de pie junto al cuerpo. «Estuvo cerca», pensó. A pesar de lo obvio, se arrodilló y le tomó el pulso. Nada. La piel aún estaba tibia.

Irguiéndose lentamente, se puso en marcha y se alejó del callejón. Cruzando la arteria principal, un farol apenas encendido descorría, nimiamente, las tinieblas.

A unos veinte pasos de distancia detuvo su andar. «¡Vine solo!», exclamó para sí. Giró sobre sus talones y observó, por última vez, su envoltura mortal.

Desplegó sus alas y voló más allá del cielo y de la tierra.

© Federico G. Rudolph, 2006 - 2016.
Este relato forma parte de la obra: De Ángeles.